Capítulo vigésimotercero: Edición Especial de Aniversario
Ya son dos años de estar escribiendo tonteras en el blog, y más verguenza debería de darles a ustedes eso de alentarme. Qué es eso de no trabajar como se debe, sino quemando tiempo leyendo blogs. Qué es eso que miras y te encandila, nunca lo sabrás.
El día que le ponga más atención al cumpleaños del blog que al mío, me asustaré.
En serio, muchas gracias por hacerme crecer un ego enorme, por creer en todas las mentiras que digo, por perdonarme la falta de honestidad.
Prometo que pa este nuevo año voy a tener mas de lo mismo.
Cuando alguien te cae bien tienes muchas ganas de creerle todo lo que te dice. Creo que una frase tan profunda debo patentarla como mía, aunque pienso que a lo mejor lo leí en algún lado, ya ni me acuerdo.
Ya, en serio. Estuve revisando el primer post y no puedo creer cómo he cambiado en dos años. Me habría gustado empezar esto desde los quince pero más vale tarde que nunca, almenos eso dicen.
Con respecto al blog he pensado en infinidad de cosas, cerrarlo, cambiarle de nombre, ponerle otra dirección. Para ser honestos yo aquí sólo cuento cosas light porque me estan viendo feo por ahí.
Si dijera todo lo que pienso creo que Blogger colapsaría y tambien los amigos que me quedan, que ya veo me duran poco. Cosa rara, cada vez que pierdo a uno me salen dos nuevos. Me olvido de cinco y me regresan veinte. Me peleo con seis mil y conozco a seis millones. A este paso terminaré siendo amigo de toda la nación y podré cantar esa canción que tanto detesto de Roberto Carlos, quisera tener un millón de amigos. Pero me alegra que todos los amigos que tengo son mis mejores amigos, Andrea, Anita, Tamara que la verdad no me cuadras mucho pero bueno, Paola y Princesa de la Tinieblas.
Como regalo me tomaré la tarde libre.
En la noche iré a la universidad a ver qué hay de examen.
miércoles, noviembre 30, 2005
domingo, noviembre 27, 2005
Capítulo vigésimosegundo: ayer, hoy y siempre
Cuando creces descubres que los días del fin de semana son muy cortos, que el sueldo completo de un mes te lo quemas en una hora y que el azúcar endulza cada vez menos.
Cuando era chico podía pasarme horas completas jugando plei esteishon. No sentía ningún remordimiento. Era muy feliz hasta el momento que reconocía que ya era domingo por la noche. No había movido la mochila de su sitio donde la dejé el viernes en la noche. Los problemas del álgebra seguían muy tranquilos en la página 35.
Al principio podía estarme muriendo y no pedirles las tareas resueltas a ninguno de mis amigos, creo que para no deberles ningún favor. Luego aprendí hacer las cosas a última hora, así descubrí que el tiempo de trabajo es mucho menor.
Carlos Hidrovo era un conchudo. Hacía los deberes frente a Daniel Guin, el profesor de matemáticas. Los presentaba así, con el liqui peiper aún fresco. El maestro siempre lo regañaba por eso mismo, de todas maneras terminaba asentándole la nota en el cuadernillo de control.
Nadie lo que quería a mi compañero, ni siquiera su propia novia. Una tarde le escondimos su mochila. Estuvo loco de iras buscándola. Se metió tras la puerta y en el tacho de la basura. Removió las bancas y descuadró los rectángulos de yeso del techo. Nadie supo cómo llego al sitio donde la encontró, colgada en la parte de afuera de la ventana a unos cuatro pisos de altura de la calle.
En mi paralelo éramos muy pocos, tan pocos que bastaba con mirarnos el uno al otro para saber quién había faltado.
Ahora que han pasado los años me doy cuenta que no los extraño. Es un poco extraño, pero no extraño a nadie. Miro mis fotos del colegio y descubro que ahora soy tan distinto. En ocasiones creo que he cambiado para mejor y otras para peor. Al menos creo que ya no soy tan ingenuo. Yo creo, yo pienso, no sé.
A veces creo que sin saberlo me he enfrascado en un nuevo juego de plei esteshon y que cada partido, cada punto ganado, cada minuto de evasión me llevarán inevitablemente a la noche del domingo histórico en el que sienta de golpe el remordimiento de haber olvidado al mundo real. Entonces diré sin sorpresa, luc guat yuv don. Cómo me gusta esa canción, es tan arrecha que seguro el pasado no volverá a buscarme.
Cuando creces descubres que los días del fin de semana son muy cortos, que el sueldo completo de un mes te lo quemas en una hora y que el azúcar endulza cada vez menos.
Cuando era chico podía pasarme horas completas jugando plei esteishon. No sentía ningún remordimiento. Era muy feliz hasta el momento que reconocía que ya era domingo por la noche. No había movido la mochila de su sitio donde la dejé el viernes en la noche. Los problemas del álgebra seguían muy tranquilos en la página 35.
Al principio podía estarme muriendo y no pedirles las tareas resueltas a ninguno de mis amigos, creo que para no deberles ningún favor. Luego aprendí hacer las cosas a última hora, así descubrí que el tiempo de trabajo es mucho menor.
Carlos Hidrovo era un conchudo. Hacía los deberes frente a Daniel Guin, el profesor de matemáticas. Los presentaba así, con el liqui peiper aún fresco. El maestro siempre lo regañaba por eso mismo, de todas maneras terminaba asentándole la nota en el cuadernillo de control.
Nadie lo que quería a mi compañero, ni siquiera su propia novia. Una tarde le escondimos su mochila. Estuvo loco de iras buscándola. Se metió tras la puerta y en el tacho de la basura. Removió las bancas y descuadró los rectángulos de yeso del techo. Nadie supo cómo llego al sitio donde la encontró, colgada en la parte de afuera de la ventana a unos cuatro pisos de altura de la calle.
En mi paralelo éramos muy pocos, tan pocos que bastaba con mirarnos el uno al otro para saber quién había faltado.
Ahora que han pasado los años me doy cuenta que no los extraño. Es un poco extraño, pero no extraño a nadie. Miro mis fotos del colegio y descubro que ahora soy tan distinto. En ocasiones creo que he cambiado para mejor y otras para peor. Al menos creo que ya no soy tan ingenuo. Yo creo, yo pienso, no sé.
A veces creo que sin saberlo me he enfrascado en un nuevo juego de plei esteshon y que cada partido, cada punto ganado, cada minuto de evasión me llevarán inevitablemente a la noche del domingo histórico en el que sienta de golpe el remordimiento de haber olvidado al mundo real. Entonces diré sin sorpresa, luc guat yuv don. Cómo me gusta esa canción, es tan arrecha que seguro el pasado no volverá a buscarme.
jueves, noviembre 24, 2005
Capítulo vigésimoprimero: primero Dios y después vos
Lo mejor de las cosas buenas es que te ocurran y hoy me ocurrió algo fantástico. Iba a la universidad y en uno de esos puestos pulgosos de discos piratas, en aquellos sitios oscuros donde igual a uno le venden una pastilla de éxtasis que el último éxito de dady yanki estaba sonando la canción de Sedal.
Yo que pasaba por el parqueadero de la U y salgo escuchándola distorsionada por el sonido de las frituras, transfigurada por los pitidos de los carros, y yo que busco un televisor para ver a plenitud los diez segundos que dura el comercial del shampoo y resulta que era una radio que destripaba lentamente la canción tierna y dulce y yo me dije, qué mierda, ya me morí y ni cuenta me di porque no puede haber en la vida nadie tan bruto que ponga en cidi un comercial de televisión para venderlo. Pero no, en realidad yo no estaba muerto, sino más vivo que nunca cuando le pregunté al tipo que atendía que quiero llevarme el cidi de Sedal y él me pregunta intrigado que qué disco de Sedal y yo le digo que ese mismo que tiene en la grabadora y fue entonces cuando el tipo dijo, ah, como quien dice, pero qué bestia, pero qué pendejo, y luego dijo como si estuviera diciéndolo sólo para él que el grupo se llama Jet, y yo dije en voz alta, Jet, y alguien repitió desde el fondo de lo que parecía un baño, Jet, y de pronto fue un grito al unísono la universidad y luego del mundo entero pronunciando una sola palabra, Jet, y entonces se escucharon tambores lejanos, se escucharon danzas desiertas, se escuchó el sonido de papel celofán de las flores que se abrieron antes del amanecer, sonidos de lluvias devastadas por el olvido, vientos supersónicos que sólo los perros pueden escuchar, y el tipo que atendía el puesto de cidis piratas me dice que la canción se llama Look What Youve Done y yo dije luc guat yuv don y desde ese instante no he parado de escucharla ni para escribir este testimonio de vida que escribo.
La canción que compre hoy, al precio de un dólar, es idéntica a la que escuché por primera vez, es una canción triste, melancólica, tierna y muchas mariconadas más que no me queda otra que rendirme a sus acordes demoledores de los cuales no entiendo nada, pero no quiero echar a perder la magia traduciéndola, la voy a dejar así. Seré feliz en mi ignorancia.
Hoy estoy de buenas, esa canción me gusta muchísimo, me gusta más que la nalga paradita de la Reportera del Drama del canal 10 que yo la vi, con estos mis ojos misericordiosos, la vi en la cafetería del hotel Oro Verde la tarde del lunes mientras ella pedía una taza de café y se la tomaba de pie con un pudor indescriptible de presentadora de noticias, y era una nalga que como dice mi nuevo y mejor amigo del mundo, Jaime Gayli, era una nalga más olímpica que una piscina de natación profesional, una nalga que no sirve para hacerle una zambullida, sino una zambullada.
Lo mejor de las cosas buenas es que te ocurran y hoy me ocurrió algo fantástico. Iba a la universidad y en uno de esos puestos pulgosos de discos piratas, en aquellos sitios oscuros donde igual a uno le venden una pastilla de éxtasis que el último éxito de dady yanki estaba sonando la canción de Sedal.
Yo que pasaba por el parqueadero de la U y salgo escuchándola distorsionada por el sonido de las frituras, transfigurada por los pitidos de los carros, y yo que busco un televisor para ver a plenitud los diez segundos que dura el comercial del shampoo y resulta que era una radio que destripaba lentamente la canción tierna y dulce y yo me dije, qué mierda, ya me morí y ni cuenta me di porque no puede haber en la vida nadie tan bruto que ponga en cidi un comercial de televisión para venderlo. Pero no, en realidad yo no estaba muerto, sino más vivo que nunca cuando le pregunté al tipo que atendía que quiero llevarme el cidi de Sedal y él me pregunta intrigado que qué disco de Sedal y yo le digo que ese mismo que tiene en la grabadora y fue entonces cuando el tipo dijo, ah, como quien dice, pero qué bestia, pero qué pendejo, y luego dijo como si estuviera diciéndolo sólo para él que el grupo se llama Jet, y yo dije en voz alta, Jet, y alguien repitió desde el fondo de lo que parecía un baño, Jet, y de pronto fue un grito al unísono la universidad y luego del mundo entero pronunciando una sola palabra, Jet, y entonces se escucharon tambores lejanos, se escucharon danzas desiertas, se escuchó el sonido de papel celofán de las flores que se abrieron antes del amanecer, sonidos de lluvias devastadas por el olvido, vientos supersónicos que sólo los perros pueden escuchar, y el tipo que atendía el puesto de cidis piratas me dice que la canción se llama Look What Youve Done y yo dije luc guat yuv don y desde ese instante no he parado de escucharla ni para escribir este testimonio de vida que escribo.
La canción que compre hoy, al precio de un dólar, es idéntica a la que escuché por primera vez, es una canción triste, melancólica, tierna y muchas mariconadas más que no me queda otra que rendirme a sus acordes demoledores de los cuales no entiendo nada, pero no quiero echar a perder la magia traduciéndola, la voy a dejar así. Seré feliz en mi ignorancia.
Hoy estoy de buenas, esa canción me gusta muchísimo, me gusta más que la nalga paradita de la Reportera del Drama del canal 10 que yo la vi, con estos mis ojos misericordiosos, la vi en la cafetería del hotel Oro Verde la tarde del lunes mientras ella pedía una taza de café y se la tomaba de pie con un pudor indescriptible de presentadora de noticias, y era una nalga que como dice mi nuevo y mejor amigo del mundo, Jaime Gayli, era una nalga más olímpica que una piscina de natación profesional, una nalga que no sirve para hacerle una zambullida, sino una zambullada.
domingo, noviembre 20, 2005
Capítulo decimonoveno: i dont believe
A Paulo le gustaba la lluvia. Le gustaba tanto que cuando hacía sol él se ocultaba en la sombra del patio de su casa, llenaba una lavacara de agua y se sentaba allí el día entero. El chico tenía un extraño parecido con Dino, el perro de los Picapiedras, que veíamos con mis hermanas en el 4 mientras comíamos mangos con sal.
Una tarde, a la salida de la escuela, me invitó a jugar a su casa. Era navidad y mi mamá me había comprado un carrito de radio control. Consumía tanta plata en pilas que si hubiese reunido todo ese dinero, seguramente, ahorita tuviera un carro de adeveras.
Lo que más me gustaba era juntar la antena del control con la del televisor. Le daba marcha al carro. Se producía una distorsión en la pantalla que persistía durante un mes. Le enseñé tanto el truco a Paulo. Quedó encantado. Lo hizo tantas veces que una vez fue llorando a la escuela porque la mamá le había pegado por dañar el televisor.
Tenía en el patio de su casa, junto a la lavacara, un saco de arroz donde guardaba todos los juguetes que iba dañando. A mi tampoco me duraban mucho los juguetes y cuando se les salía una rueda o un brazo, mi hermano que es mayor a mi, lo terminaba de despedazar. Le ponía una camareta y lo reventábamos en media calle. Yo me tapaba los oídos, pero el estruendo era tan intenso que las gentes salían de sus casas pensando que se trataba de un coche bomba.
Paulo tenía todos los días un juguete nuevo, lo fabricaba con las refacciones de los juguetes que él mismo dañaba. Una ocasión me mostró cómo elaborar un ventilador de mano con el motor de un carrito, y la primera lámpara sumergible que vi en mi vida. La había hecho juntando dos baterías viejas y un foquito de navidad.
Un día se obstinó en que quería fabricar un televisor a base de piezas de juguetes, no sé si lo habrá logrado. Yo creo que no. El pobre era bien bruto y a lo mejor terminó por construir una licuadora, no sé, al poco tiempo me cambiaron de escuela.
Capítulo vigésimo: se vende blogger, baratito
La semana pasada nos citaron en el Hilton. Yo, feliz, porque estaba bien creído que era para subirnos el sueldo.
Pero nadie sacó un saquillo de billetes para repartir. Eso sólo ocurre en Machala que está un poco lejos. Nos hablaron de muchas cosas de las cuales no recuerdo ninguna. Luego fue nuestro turno de hablar. En mi vida había visto un servilismo tan matrero como el de aquella noche. Como yo no quería participar mejor me quedé callado. Cuando todos terminaron de decir lo que debían el Gerente dijo mirándome, el señor Tobar ha sido bien callado. Entonces, por compromiso, abrí la boca.
Después entramos al restaurante del sitio, olía a comida agria y a Glade. Lo que más me gustó fue que los camareros nos dijeron señalando con el dedo, esta es la sombra del charco de sangre que dejó el Bolillo Gómez, y acá es donde estaba el Loco, y esta es la huella de la bota del tipo que tenía el peinado de Pedro, El Escamoso, y que le partió la nariz al Bolillo y que luego se hizo diputado y después apareció muerto en una vuelta de la Perimetral.
A mi no me gusta trabajar, tengo vocación para vago o para artista. Ni siquiera me gusta hablar, al instante siento que he dicho alguna tontera. Menos me gusta estar en esas cosas corporativas en las que todo el mundo se dedica a decir cuan fantástica ha sido su gestión.
Los jefes muestran, por medio de diapositivas, a gente feliz trabajando en oficinas amplias. Nos condicionan. Nos convertimos en personajes tan bien vestidos y embargados de tanto éxito viviendo en la quimérica ciudad de la felicidad que apenas si nos reconocemos a nosotros mismos. Esos gringos son la muerte.
A Paulo le gustaba la lluvia. Le gustaba tanto que cuando hacía sol él se ocultaba en la sombra del patio de su casa, llenaba una lavacara de agua y se sentaba allí el día entero. El chico tenía un extraño parecido con Dino, el perro de los Picapiedras, que veíamos con mis hermanas en el 4 mientras comíamos mangos con sal.
Una tarde, a la salida de la escuela, me invitó a jugar a su casa. Era navidad y mi mamá me había comprado un carrito de radio control. Consumía tanta plata en pilas que si hubiese reunido todo ese dinero, seguramente, ahorita tuviera un carro de adeveras.
Lo que más me gustaba era juntar la antena del control con la del televisor. Le daba marcha al carro. Se producía una distorsión en la pantalla que persistía durante un mes. Le enseñé tanto el truco a Paulo. Quedó encantado. Lo hizo tantas veces que una vez fue llorando a la escuela porque la mamá le había pegado por dañar el televisor.
Tenía en el patio de su casa, junto a la lavacara, un saco de arroz donde guardaba todos los juguetes que iba dañando. A mi tampoco me duraban mucho los juguetes y cuando se les salía una rueda o un brazo, mi hermano que es mayor a mi, lo terminaba de despedazar. Le ponía una camareta y lo reventábamos en media calle. Yo me tapaba los oídos, pero el estruendo era tan intenso que las gentes salían de sus casas pensando que se trataba de un coche bomba.
Paulo tenía todos los días un juguete nuevo, lo fabricaba con las refacciones de los juguetes que él mismo dañaba. Una ocasión me mostró cómo elaborar un ventilador de mano con el motor de un carrito, y la primera lámpara sumergible que vi en mi vida. La había hecho juntando dos baterías viejas y un foquito de navidad.
Un día se obstinó en que quería fabricar un televisor a base de piezas de juguetes, no sé si lo habrá logrado. Yo creo que no. El pobre era bien bruto y a lo mejor terminó por construir una licuadora, no sé, al poco tiempo me cambiaron de escuela.
Capítulo vigésimo: se vende blogger, baratito
La semana pasada nos citaron en el Hilton. Yo, feliz, porque estaba bien creído que era para subirnos el sueldo.
Pero nadie sacó un saquillo de billetes para repartir. Eso sólo ocurre en Machala que está un poco lejos. Nos hablaron de muchas cosas de las cuales no recuerdo ninguna. Luego fue nuestro turno de hablar. En mi vida había visto un servilismo tan matrero como el de aquella noche. Como yo no quería participar mejor me quedé callado. Cuando todos terminaron de decir lo que debían el Gerente dijo mirándome, el señor Tobar ha sido bien callado. Entonces, por compromiso, abrí la boca.
Después entramos al restaurante del sitio, olía a comida agria y a Glade. Lo que más me gustó fue que los camareros nos dijeron señalando con el dedo, esta es la sombra del charco de sangre que dejó el Bolillo Gómez, y acá es donde estaba el Loco, y esta es la huella de la bota del tipo que tenía el peinado de Pedro, El Escamoso, y que le partió la nariz al Bolillo y que luego se hizo diputado y después apareció muerto en una vuelta de la Perimetral.
A mi no me gusta trabajar, tengo vocación para vago o para artista. Ni siquiera me gusta hablar, al instante siento que he dicho alguna tontera. Menos me gusta estar en esas cosas corporativas en las que todo el mundo se dedica a decir cuan fantástica ha sido su gestión.
Los jefes muestran, por medio de diapositivas, a gente feliz trabajando en oficinas amplias. Nos condicionan. Nos convertimos en personajes tan bien vestidos y embargados de tanto éxito viviendo en la quimérica ciudad de la felicidad que apenas si nos reconocemos a nosotros mismos. Esos gringos son la muerte.
jueves, noviembre 10, 2005
Capítulo decimoctavo: no se lo digas a nadie
Una tarde, después de fumar marihuana, Joaquín y Alexandra se echaron en la alfombra del departamento, se besaron, se quitaron la ropa y él le pidió que se la chupase.
- No sé, mejor no –dijo ella-. Sólo lo he hecho una vez con Ricardo, y creo que no me gustó.
- Si me la chupas a lo mejor se me para me curas de mi trauma- dijo él y se sintió un manipulador.
Ella dejó de lado todo su pudor y empezó a chupársela.
- Se te ha parado, se te ha parado -dijo con entusiasmo, al ver que el sexo de Joaquín se había puesto duro.
- Ven, hay que aprovechar, siéntate encima mío -dijo él.
- Joaquín, hay algo que quiero decirte.
- Dime, pero apúrate antes de que se ponga blanda de nuevo.
- Soy virgen.
- No te preocupes, yo también.
- Pero yo no sé si quiero hacerlo. Después me voy a arrepentir, voy a sentir que he perdido una parte muy íntima de mi ser.
- Sólo la puntita, Alexandra. Te prometo que sólo la puntita.
- Por fa, sólo la puntita, ¿ya?
- Te lo prometo.
Ella se quitó el calzón y se sentó encima de Joaquín. Él trató de metérsela.
- Ay, despacito, no seas bruto –se quejó ella.
- Perdón, es la arrechura –dijo él.
Luego se la fue metiendo con dificultad. Sudaba. Estaba tenso.
- Joaquín, me dijiste que sólo la puntita –protestó ella.
- Perdón, se me resbaló –dijo él-. Muévete nomás, no te preocupes.
- Pero no la vayas a dejar adentro, ¿ya?
- Te prometo que te la saco antes de darla.
Alexandra recién comenzaba a moverse cuando Joaquín ya terminó adentro suyo.
- Estúpido, te pedí que no la des adentro –gritó ella y se separó bruscamente de él.
- Lo siento, no pude evitarlo –dijo él.
Ella se sentó en la cama.
- Mierda, la cagada. De repente me has dejado embarazada –dijo ella.
- Luego se paró de un salto y corrió al baño. Joaquín se subió los pantalones. Poco después ella salió del baño, estaba llorando.
- Te apuesto que estoy embarazada –gritó- ya nos jodimos, Joaquín ¿ahora qué vamos hacer?
- No estas embarazada Alexandra –dijo él-. No digas cojudeces.
- Estos son justo mis días más peligrosos, Joaquín. Te apuesto lo que quieras que estoy embarazada.
Joaquín pensó que debía hacer algo para tranquilizarla.
- No te preocupes –dijo-. Tengo un tío que es ginecólogo. Lo llamo ahorita y él nos arregla el problema.
Alexandra se sentó en la cama con las piernas cruzadas.
- Aunque no me creas, sentí cómo corrían tus bichitos en busca del óvulo –dijo-. Fue como si me hubieran metido una alkasetlzer por la chucha.
Joaquín buscó el número de teléfono de su tío, el doctor lucho Tudela. No bien lo encontró, llamó a su consultorio.
- No le vayas a decir mi nombre, no quiero que todo Lima se entere que he perdido mi virginidad –dijo ella.
- No te preocupes, nadie se va a enterar. Mi tío lucho es buenísimamente –dijo Joaquín.
El teléfono timbró varias veces. Por fin Joaquín escuchó la voz de su tío.
- Tío, hola, soy yo, Joaquín Camino, tu sobrino –le dijo-. Te llamo porque he sufrido un percance.
- Cuéntame, sobrino, en qué puedo ayudarte –dijo el doctor Tudela con una voz muy cordial.
- Acabo de acostarme con mi enamorada y ella esta segura que la he dejado embarazada, y no sabemos qué hacer, porque como tú comprenderás no podemos tener un hijo, tío.
- Caramba, Joaquincito, veo que usted no pierde el tiempo, ah –dijo el doctor-. Pero qué gusto me da oir eso, porque por ahí decían que usted es del otro equipo, mi querido sobrino.
- No tío, cómo se te ocurre, eso jamás.
- Mira Joaquincito, vente ahora mismo con tu chica que les voy a dar una pastilla que nunca falla. Se llama píldora del día siguiente. Ella se la toma ahorita y tiene una bajadita del motor. Con eso, problema arreglado.
- No sabes cuánto te lo agradezco, tío. Voy para allá inmediatamente.
- Aquí te espero, sobrino.
Joaquín colgó el teléfono. Alexandra seguía llorando.
- Mira lo que me has hecho –dijo-. Yo estaba tratando de ayudarte con tu trauma y tú me dejas embarazada.
- Bueno, ya, pero no hay problema porque mi tío lucho te va a dar una píldora del día siguiente –dijo él-.
- ¿y qué cochinada es esa? –preguntó ella haciendo una mueca de asco.
- Alexandra, no hables así. Mi tío lucho es el mejor ginecólogo de Lima. El me ha dicho que te tomas la pastilla y tienes una bajadita de motor, o sea, te viene la regla y ya no estas embarazada.
- No puede ser. Debe ser un invento del mañoso de tu tío.
- Vamos, apúrate, que mi tío nos esta esperando.
Salieron del apartamento y trataron de bajar por el ascensor, pero les fue imposible, pues acababa de producirse un apagón. Bajaron por las escaleras y se subieron al carro de Alexandra. Él arrancó a toda prisa mientras ella se agarraba la barriga.
- Si es hombre, ¿qué nombre le ponemos? –preguntó ella camino al consultorio-.
- No tengo idea –dijo él-. Nunca he pensado en eso.
- Felipe me encanta, Diego no esta mal. Paúl es mi preferido.
- Sí, Paúl es bonito.
- ¿Y si es mujer?
- Ni idea. Tú dirás.
- Si es mujer tendría que llamarse Paola o Verónica. Esos son mis nombres preferidos.
Poco después llegaron a un edificio alado de la clínica Americana. Joaquín cuadró el auto y apagó el motor.
- Yo me quedo –dijo ella y prendió la radio.
- Baja, no seas tonta –dijo él.
- No, me muero de la vergüenza. Tu tío va a pensar que soy una puta.
- Bueno, como quieras.
Joaquín bajó del carro, se metió a la clínica, subió doce pisos y llegó al consultorio de su tío. Jadeando, le dijo su nombre a la secretaria. Ella lo hizo pasar en seguida.
- Hola Joaquincito, qué a sido de tu vida, sobrino –dijo el doctor Tudela levantándose de su escritorio.
- Aquí pues tío, no tan bien como tú –dijo Joaquín y abrazó a su tío.
- ¿Y tu enamorada, sobrino? –dijo Tudela.
- Se quedó en el carro, no quiso bajar.
- Cuéntame, pues, de ella. ¿Qué edad tiene la chica?
- Dos años menos que yo, o sea, diecinueve.
- Qué rico, está en la flor de la juventud la chiquilla. Qué tal Joaquincito, caray, o sea que te la has llenado a tu hembrita, ah. Y yo que pensaba que usted tenia la huacha medio floja, sobrino.
- No tío, qué ocurrencia, cómo va a ser eso.
- Cuéntame sobrino, ¿Cuánto tiempo aguantaste allí dentro de su chuchita? Porque tú debes ser un gallito de pelea, la metes y allí nomás entierras el pico, ¿no?
- Sí, pues. Al toque nomás la doy, no aguanto nada.
El doctor Tudela soltó una carcajada.
- A tu edad todos somos así, sobrinos, no aguantan nada, se rinden al toque –dijo-. Yo en cambio, así viejo como me ves, ¿sabes cuánto aguanto? Media hora como si nada. Media hora de polvo.
- Carajo, qué envidia, tío.
- Tiempo al tiempo sobrino, tiempo al tiempo. Con el tiempo vas aprendiendo a tirar cache. Yo ya tengo muchos kilómetros recorridos.
- Me imagino, tío, me imagino.
- Pero tú tienes que cuidarte, pues. Ponte un jebe, ¿ya?
- No te preocupes, tío, esto no vuelve a ocurrir.
- Mira, sobrino. Aquí tines la pastilla que te prometí, dile a tu novia que se la tome ahora mismo.
El doctor Tudela le dio una pastilla envuelta en un plástico transparente.
- Caramba, tío, no sabes cuanto te agradezco, me has sacado de un apuro –dijo Joaquín- ¿Cuánto te debo, por favor?
- No pues, Joaquincito, qué ocurrencia, todo queda en familia.
Se rieron, Joaquín se guardó la pastilla y se despidió de su tío.
- Qué tal pinga loca ha resultado el Joaquincito, carajo –dijo el doctor Tudela, sonriendo, haciéndole adiós a su sobrino.
Joaquín bajó corriendo las escaleras del edificio. No bien entró al carro, le enseñó la pastilla a Alexandra.
- He cambiado de opinión –dijo ella.
Joaquín la miró sorprendido.
- Si es mujer se llamará Alexandra como yo, pero le pondría Alessandra, con doble ese, porque me parece que eso le da cierto caché, ¿no te parece? –dijo ella.
Él la cogió de la mano.
- Acompáñame a la sanguchería de enfrente –dijo- . Tienes que tomarte esta pastilla ahorita mismo.
Ella bajó del carro, caminaron a la sanguchería frente de la clínica Americana. Joaquín pidió dos jugos de fresa.
- ¿Solos o con leche? –preguntó la mujer que atendía.
- Aj, leche ni hablar, que ahorita me comienzan a crecer las tetas –dijo Alexandra.
Poco después, la mujer le dio los jugos a Joaquín. Él sacó la pastilla y se la dio a Alexandra.
- Tómatela –le dijo.
Ella se persignó y cerró los ojos.
- Perdóname, Diosito, pero nisiquiera he terminado la universidad –dijo.
Luego se llevó la pastilla a la boca y se la tomó con un poco de jugo.
- Chau Paúl, chau Alessandrita –dijo, y rompió a llorar.
JAIME BAYLY, no se lo digas a nadie.
Una tarde, después de fumar marihuana, Joaquín y Alexandra se echaron en la alfombra del departamento, se besaron, se quitaron la ropa y él le pidió que se la chupase.
- No sé, mejor no –dijo ella-. Sólo lo he hecho una vez con Ricardo, y creo que no me gustó.
- Si me la chupas a lo mejor se me para me curas de mi trauma- dijo él y se sintió un manipulador.
Ella dejó de lado todo su pudor y empezó a chupársela.
- Se te ha parado, se te ha parado -dijo con entusiasmo, al ver que el sexo de Joaquín se había puesto duro.
- Ven, hay que aprovechar, siéntate encima mío -dijo él.
- Joaquín, hay algo que quiero decirte.
- Dime, pero apúrate antes de que se ponga blanda de nuevo.
- Soy virgen.
- No te preocupes, yo también.
- Pero yo no sé si quiero hacerlo. Después me voy a arrepentir, voy a sentir que he perdido una parte muy íntima de mi ser.
- Sólo la puntita, Alexandra. Te prometo que sólo la puntita.
- Por fa, sólo la puntita, ¿ya?
- Te lo prometo.
Ella se quitó el calzón y se sentó encima de Joaquín. Él trató de metérsela.
- Ay, despacito, no seas bruto –se quejó ella.
- Perdón, es la arrechura –dijo él.
Luego se la fue metiendo con dificultad. Sudaba. Estaba tenso.
- Joaquín, me dijiste que sólo la puntita –protestó ella.
- Perdón, se me resbaló –dijo él-. Muévete nomás, no te preocupes.
- Pero no la vayas a dejar adentro, ¿ya?
- Te prometo que te la saco antes de darla.
Alexandra recién comenzaba a moverse cuando Joaquín ya terminó adentro suyo.
- Estúpido, te pedí que no la des adentro –gritó ella y se separó bruscamente de él.
- Lo siento, no pude evitarlo –dijo él.
Ella se sentó en la cama.
- Mierda, la cagada. De repente me has dejado embarazada –dijo ella.
- Luego se paró de un salto y corrió al baño. Joaquín se subió los pantalones. Poco después ella salió del baño, estaba llorando.
- Te apuesto que estoy embarazada –gritó- ya nos jodimos, Joaquín ¿ahora qué vamos hacer?
- No estas embarazada Alexandra –dijo él-. No digas cojudeces.
- Estos son justo mis días más peligrosos, Joaquín. Te apuesto lo que quieras que estoy embarazada.
Joaquín pensó que debía hacer algo para tranquilizarla.
- No te preocupes –dijo-. Tengo un tío que es ginecólogo. Lo llamo ahorita y él nos arregla el problema.
Alexandra se sentó en la cama con las piernas cruzadas.
- Aunque no me creas, sentí cómo corrían tus bichitos en busca del óvulo –dijo-. Fue como si me hubieran metido una alkasetlzer por la chucha.
Joaquín buscó el número de teléfono de su tío, el doctor lucho Tudela. No bien lo encontró, llamó a su consultorio.
- No le vayas a decir mi nombre, no quiero que todo Lima se entere que he perdido mi virginidad –dijo ella.
- No te preocupes, nadie se va a enterar. Mi tío lucho es buenísimamente –dijo Joaquín.
El teléfono timbró varias veces. Por fin Joaquín escuchó la voz de su tío.
- Tío, hola, soy yo, Joaquín Camino, tu sobrino –le dijo-. Te llamo porque he sufrido un percance.
- Cuéntame, sobrino, en qué puedo ayudarte –dijo el doctor Tudela con una voz muy cordial.
- Acabo de acostarme con mi enamorada y ella esta segura que la he dejado embarazada, y no sabemos qué hacer, porque como tú comprenderás no podemos tener un hijo, tío.
- Caramba, Joaquincito, veo que usted no pierde el tiempo, ah –dijo el doctor-. Pero qué gusto me da oir eso, porque por ahí decían que usted es del otro equipo, mi querido sobrino.
- No tío, cómo se te ocurre, eso jamás.
- Mira Joaquincito, vente ahora mismo con tu chica que les voy a dar una pastilla que nunca falla. Se llama píldora del día siguiente. Ella se la toma ahorita y tiene una bajadita del motor. Con eso, problema arreglado.
- No sabes cuánto te lo agradezco, tío. Voy para allá inmediatamente.
- Aquí te espero, sobrino.
Joaquín colgó el teléfono. Alexandra seguía llorando.
- Mira lo que me has hecho –dijo-. Yo estaba tratando de ayudarte con tu trauma y tú me dejas embarazada.
- Bueno, ya, pero no hay problema porque mi tío lucho te va a dar una píldora del día siguiente –dijo él-.
- ¿y qué cochinada es esa? –preguntó ella haciendo una mueca de asco.
- Alexandra, no hables así. Mi tío lucho es el mejor ginecólogo de Lima. El me ha dicho que te tomas la pastilla y tienes una bajadita de motor, o sea, te viene la regla y ya no estas embarazada.
- No puede ser. Debe ser un invento del mañoso de tu tío.
- Vamos, apúrate, que mi tío nos esta esperando.
Salieron del apartamento y trataron de bajar por el ascensor, pero les fue imposible, pues acababa de producirse un apagón. Bajaron por las escaleras y se subieron al carro de Alexandra. Él arrancó a toda prisa mientras ella se agarraba la barriga.
- Si es hombre, ¿qué nombre le ponemos? –preguntó ella camino al consultorio-.
- No tengo idea –dijo él-. Nunca he pensado en eso.
- Felipe me encanta, Diego no esta mal. Paúl es mi preferido.
- Sí, Paúl es bonito.
- ¿Y si es mujer?
- Ni idea. Tú dirás.
- Si es mujer tendría que llamarse Paola o Verónica. Esos son mis nombres preferidos.
Poco después llegaron a un edificio alado de la clínica Americana. Joaquín cuadró el auto y apagó el motor.
- Yo me quedo –dijo ella y prendió la radio.
- Baja, no seas tonta –dijo él.
- No, me muero de la vergüenza. Tu tío va a pensar que soy una puta.
- Bueno, como quieras.
Joaquín bajó del carro, se metió a la clínica, subió doce pisos y llegó al consultorio de su tío. Jadeando, le dijo su nombre a la secretaria. Ella lo hizo pasar en seguida.
- Hola Joaquincito, qué a sido de tu vida, sobrino –dijo el doctor Tudela levantándose de su escritorio.
- Aquí pues tío, no tan bien como tú –dijo Joaquín y abrazó a su tío.
- ¿Y tu enamorada, sobrino? –dijo Tudela.
- Se quedó en el carro, no quiso bajar.
- Cuéntame, pues, de ella. ¿Qué edad tiene la chica?
- Dos años menos que yo, o sea, diecinueve.
- Qué rico, está en la flor de la juventud la chiquilla. Qué tal Joaquincito, caray, o sea que te la has llenado a tu hembrita, ah. Y yo que pensaba que usted tenia la huacha medio floja, sobrino.
- No tío, qué ocurrencia, cómo va a ser eso.
- Cuéntame sobrino, ¿Cuánto tiempo aguantaste allí dentro de su chuchita? Porque tú debes ser un gallito de pelea, la metes y allí nomás entierras el pico, ¿no?
- Sí, pues. Al toque nomás la doy, no aguanto nada.
El doctor Tudela soltó una carcajada.
- A tu edad todos somos así, sobrinos, no aguantan nada, se rinden al toque –dijo-. Yo en cambio, así viejo como me ves, ¿sabes cuánto aguanto? Media hora como si nada. Media hora de polvo.
- Carajo, qué envidia, tío.
- Tiempo al tiempo sobrino, tiempo al tiempo. Con el tiempo vas aprendiendo a tirar cache. Yo ya tengo muchos kilómetros recorridos.
- Me imagino, tío, me imagino.
- Pero tú tienes que cuidarte, pues. Ponte un jebe, ¿ya?
- No te preocupes, tío, esto no vuelve a ocurrir.
- Mira, sobrino. Aquí tines la pastilla que te prometí, dile a tu novia que se la tome ahora mismo.
El doctor Tudela le dio una pastilla envuelta en un plástico transparente.
- Caramba, tío, no sabes cuanto te agradezco, me has sacado de un apuro –dijo Joaquín- ¿Cuánto te debo, por favor?
- No pues, Joaquincito, qué ocurrencia, todo queda en familia.
Se rieron, Joaquín se guardó la pastilla y se despidió de su tío.
- Qué tal pinga loca ha resultado el Joaquincito, carajo –dijo el doctor Tudela, sonriendo, haciéndole adiós a su sobrino.
Joaquín bajó corriendo las escaleras del edificio. No bien entró al carro, le enseñó la pastilla a Alexandra.
- He cambiado de opinión –dijo ella.
Joaquín la miró sorprendido.
- Si es mujer se llamará Alexandra como yo, pero le pondría Alessandra, con doble ese, porque me parece que eso le da cierto caché, ¿no te parece? –dijo ella.
Él la cogió de la mano.
- Acompáñame a la sanguchería de enfrente –dijo- . Tienes que tomarte esta pastilla ahorita mismo.
Ella bajó del carro, caminaron a la sanguchería frente de la clínica Americana. Joaquín pidió dos jugos de fresa.
- ¿Solos o con leche? –preguntó la mujer que atendía.
- Aj, leche ni hablar, que ahorita me comienzan a crecer las tetas –dijo Alexandra.
Poco después, la mujer le dio los jugos a Joaquín. Él sacó la pastilla y se la dio a Alexandra.
- Tómatela –le dijo.
Ella se persignó y cerró los ojos.
- Perdóname, Diosito, pero nisiquiera he terminado la universidad –dijo.
Luego se llevó la pastilla a la boca y se la tomó con un poco de jugo.
- Chau Paúl, chau Alessandrita –dijo, y rompió a llorar.
JAIME BAYLY, no se lo digas a nadie.
domingo, noviembre 06, 2005
Capítulo decimoséptimo: y de pronto un post
Acabo de llegar de la farmacia. Compré un Pedialite, unas Omeprazol y unas Flazinil. Estas últimas son pastillas para dormir.
De un tiempo acá me ocurre que me enfermo con una frecuencia de anciano. Nunca nada grave, pero sí fastidioso. Crucé el umbral del bienestar cuando empecé a escribir mi edad con el dos por delante.
Yo siempre rehuía como mosquito al que echan Baygón de las personas que tenían carácter de enfermo confinado en terapia intensiva, de los que se curaban de la gastritis para caer en las infecciones de las vías urinarias. Los pobres estaban salados, si no les montaba cuernos la novia se les perdía la plata, si no se fracturaban un pié los echaban del trabajo.
Luego de tantos empujones he logrado meterme del lado de los optimistas y ahora mi cuerpo quiere echarme. Mi organismo se revela y me dice que no, no te hagas el pendejo que tú eres de los jodidos.

Ahorita ya me tomé mis pastillas de viejo. Guardé mi inhalador debajo de la cama y el pijama de lana ya esta colgado en el clavo, junto al cuadro del niño bendito donde acabo de encender una vela.
Las pastillas para dormir no las tomo porque piense en suicidarme o como pensó el de la farmacia porque quiera tirarme a una desconocida drogándola. Si ese fuera el caso hay una fórmula muy sencilla, mezclas licor con éxtasis y le das una buena dosis, si no resulta con eso la emborrachas, si no resulta con eso la amenazas con un arma, si no resulta con eso te pones la pistola en la sien y le dices que te matas si no te cumple, si no resulta con eso te pegas un tiro. Por supuesto, yo nunca he recurrido a eso, aun estoy vivo y virgen.
En realidad las tomo cada vez que a los ladrones y los pandilleros se les ocurre hacer la fiesta de la buena vecindad. Entonces, como todo viejito, me tomo un par de Flazinil y con eso tengo hasta el día siguiente. Están programadas para seis horas.
Podría salir y callarlos, pero a cambio recibiría en mi casa la visita de la Reportera del Drama y un pantallazo en el canal diez con el titular de lo machetearon por reclamar. Podría llamar a los policías, pero salen un lujo muy caro, cobran diez dólares por redada, que a razón de tres veces por semana me dejarían en la quiebra.
Talvez todo sea una señal, talvez el entorno me indica que mi periodo en este sitio ya culminó y que debo salir. Buscar nuevos rumbos. Si a alguno le sobra un pasaje para la Tierra Media, me avisan. Yo siempre he querido ser un hobbit.
Acabo de llegar de la farmacia. Compré un Pedialite, unas Omeprazol y unas Flazinil. Estas últimas son pastillas para dormir.
De un tiempo acá me ocurre que me enfermo con una frecuencia de anciano. Nunca nada grave, pero sí fastidioso. Crucé el umbral del bienestar cuando empecé a escribir mi edad con el dos por delante.
Yo siempre rehuía como mosquito al que echan Baygón de las personas que tenían carácter de enfermo confinado en terapia intensiva, de los que se curaban de la gastritis para caer en las infecciones de las vías urinarias. Los pobres estaban salados, si no les montaba cuernos la novia se les perdía la plata, si no se fracturaban un pié los echaban del trabajo.
Luego de tantos empujones he logrado meterme del lado de los optimistas y ahora mi cuerpo quiere echarme. Mi organismo se revela y me dice que no, no te hagas el pendejo que tú eres de los jodidos.
Ahorita ya me tomé mis pastillas de viejo. Guardé mi inhalador debajo de la cama y el pijama de lana ya esta colgado en el clavo, junto al cuadro del niño bendito donde acabo de encender una vela.
Las pastillas para dormir no las tomo porque piense en suicidarme o como pensó el de la farmacia porque quiera tirarme a una desconocida drogándola. Si ese fuera el caso hay una fórmula muy sencilla, mezclas licor con éxtasis y le das una buena dosis, si no resulta con eso la emborrachas, si no resulta con eso la amenazas con un arma, si no resulta con eso te pones la pistola en la sien y le dices que te matas si no te cumple, si no resulta con eso te pegas un tiro. Por supuesto, yo nunca he recurrido a eso, aun estoy vivo y virgen.
En realidad las tomo cada vez que a los ladrones y los pandilleros se les ocurre hacer la fiesta de la buena vecindad. Entonces, como todo viejito, me tomo un par de Flazinil y con eso tengo hasta el día siguiente. Están programadas para seis horas.
Podría salir y callarlos, pero a cambio recibiría en mi casa la visita de la Reportera del Drama y un pantallazo en el canal diez con el titular de lo machetearon por reclamar. Podría llamar a los policías, pero salen un lujo muy caro, cobran diez dólares por redada, que a razón de tres veces por semana me dejarían en la quiebra.
Talvez todo sea una señal, talvez el entorno me indica que mi periodo en este sitio ya culminó y que debo salir. Buscar nuevos rumbos. Si a alguno le sobra un pasaje para la Tierra Media, me avisan. Yo siempre he querido ser un hobbit.
jueves, noviembre 03, 2005
Capítulo decimosexto: un minuto de silencio
Estaba viendo una película, pero ya me aburrió. Muy sangrona la condenada.
Algo me dijo que la diversión sin límites se encuentra en el blog. Antes de postear lo escribo en Word. Luego me conecto vía telefónica a Blogger, después a Blogdir, y finalmente el lujo fotografía que sirve para ilustrar el tema de hoy a Photobucket. Es un trámite largo y tedioso, como acudir a las oficinas estatales, pero en cibernético. Todo un parque de diversiones para el blogger aburrido.

Ayer la vocecita del sentido común se me manifestó a las ocho de la noche. Me indicaba que marque el uno ochocientos siete siete siete siete siete siete. Averigua cuanto hay que pagar, me sugirió el engendro del mal. El número de área cero cuatro, el telefónico, bla bla bla. Acaso me van a llamar. Por pagar dijo la grabadora, ciento diecisiete dólares con alguito más. No pude dormir en el resto de la noche. Pero no la pasé mal. Me hice a la idea de que era una forma de alargar el feriado del día de los muertos y la independencia o fundación, una de esas cosas, de la ciudad de Cuenca. Como sea las vacaciones se terminan hoy.
Hace cuatro días murió mi abuela. Le dio un paro cardiaco y estuvo en coma por varios meses. Finalmente, la madrugada del domingo, dejó de vivir. Más de ochenta años en este mundo. Vio cómo llegó el hombre a la luna, las dictaduras, el cine, la televisión y los celulares. En realidad nunca le interesaron estos asuntos.
Los funerales terminaron el martes. Yo no asistí. En parte porque mi trabajo no me lo permitía y en parte, para ser honestos, porque no sabría cómo estar en un sitio donde hay tanta gente llorando. Simplemente no sabría dónde ponerme.
Recuerdo que cuando niño me llevaba a misa. En esos tiempos yo usaba mameluco, cuando se lo contaba a Anita ella se moría de la risa. Los domingos compraba café en el mercado y lo tostaba dentro de la casa. Producía un humo tan espeso que era necesario abrir las ventanas y sacarlo con las manos. Hasta la ropa guardada en los armarios se impregnaba con el olor y a mi me gustaba mucho.
Es muy curioso, cuantas veces he llorado por personas que tan sólo estuvieron de paso y por las que debería no me sale ni una lágrima. Como sea, la muerte es parte de la vida, eso ustedes lo saben. Además es inevitable e irreversible, eso ustedes también lo saben. Muchas veces las cosas son bastante obvias y no nos damos cuenta.
Estaba viendo una película, pero ya me aburrió. Muy sangrona la condenada.
Algo me dijo que la diversión sin límites se encuentra en el blog. Antes de postear lo escribo en Word. Luego me conecto vía telefónica a Blogger, después a Blogdir, y finalmente el lujo fotografía que sirve para ilustrar el tema de hoy a Photobucket. Es un trámite largo y tedioso, como acudir a las oficinas estatales, pero en cibernético. Todo un parque de diversiones para el blogger aburrido.
Ayer la vocecita del sentido común se me manifestó a las ocho de la noche. Me indicaba que marque el uno ochocientos siete siete siete siete siete siete. Averigua cuanto hay que pagar, me sugirió el engendro del mal. El número de área cero cuatro, el telefónico, bla bla bla. Acaso me van a llamar. Por pagar dijo la grabadora, ciento diecisiete dólares con alguito más. No pude dormir en el resto de la noche. Pero no la pasé mal. Me hice a la idea de que era una forma de alargar el feriado del día de los muertos y la independencia o fundación, una de esas cosas, de la ciudad de Cuenca. Como sea las vacaciones se terminan hoy.
Hace cuatro días murió mi abuela. Le dio un paro cardiaco y estuvo en coma por varios meses. Finalmente, la madrugada del domingo, dejó de vivir. Más de ochenta años en este mundo. Vio cómo llegó el hombre a la luna, las dictaduras, el cine, la televisión y los celulares. En realidad nunca le interesaron estos asuntos.
Los funerales terminaron el martes. Yo no asistí. En parte porque mi trabajo no me lo permitía y en parte, para ser honestos, porque no sabría cómo estar en un sitio donde hay tanta gente llorando. Simplemente no sabría dónde ponerme.
Recuerdo que cuando niño me llevaba a misa. En esos tiempos yo usaba mameluco, cuando se lo contaba a Anita ella se moría de la risa. Los domingos compraba café en el mercado y lo tostaba dentro de la casa. Producía un humo tan espeso que era necesario abrir las ventanas y sacarlo con las manos. Hasta la ropa guardada en los armarios se impregnaba con el olor y a mi me gustaba mucho.
Es muy curioso, cuantas veces he llorado por personas que tan sólo estuvieron de paso y por las que debería no me sale ni una lágrima. Como sea, la muerte es parte de la vida, eso ustedes lo saben. Además es inevitable e irreversible, eso ustedes también lo saben. Muchas veces las cosas son bastante obvias y no nos damos cuenta.
domingo, octubre 30, 2005
Capítulo decimoquinto: historia de un blogger contada por él mismo
Durante la semana pasada no actualicé nada y se nota que a ustedes les ha importado. Estaba inmerso en un trabajo de investigación individual. Ya terminé la parte indagatoria* y ahora le estoy dando los últimos toques a la presentación final que será mañana, lunes. Digamos que recién me entero para qué sirve Power Point.

El tema que elegí fue, una de cada diez personas podría ser la persona número diez. Bueno, ese no es el planteamiento verdadero, pero me habría gustado hacerlo. No me resultó complicado investigar el tema que no les voy a decir. Y la recompensa ha sido un trabajo del cual me siento orgulloso. Treinta páginas acerca de todo lo que uno tiene que hacer aunque no quiera, de lo raras que son las cosas, de los días que pasan y que uno no avanza, del desaliento, sobre el desamor y la inercia. Un escrito sencillo sobre un punto de vista y un montón de cansancio. En ninguna de todas sus páginas hay un adorno literario, ni un solo pensamiento profundo, ninguna imagen narrativa. Tiene todo lo que necesita un best seller. Quien sabe, puede ser que lo mande a encuadernar y lo envíe para el Premio Planeta.
Desde la semana pasada estoy en un grupo de trabajo. Por alguna extraña razón nos hemos integrado en uno solo los estudiantes más capaces del curso, los representantes del diario Súper Andrea y José Antonio, Juan Carlos del 4. Además de las exiliadas Tamaras, Anitas y Paolas. A las Cinthyas no las invitamos porque ya sabemos que a ustedes no les caen bien.
Si logramos nuestro objetivo entraremos en la historia del Ecuador. Sabrán de nosotros en la parte de crónica roja de los diarios de sus respectivas ciudades. Yo voy a ser el asesino misterioso del cual la policía no tiene rastros, y Andrea la chica encantadora que hace bromas inteligentes y que resultó ilesa. Sí, yo ya te la tenía jurada y todavía me falta el Hi5 =)
Durante la semana pasada no actualicé nada y se nota que a ustedes les ha importado. Estaba inmerso en un trabajo de investigación individual. Ya terminé la parte indagatoria* y ahora le estoy dando los últimos toques a la presentación final que será mañana, lunes. Digamos que recién me entero para qué sirve Power Point.
El tema que elegí fue, una de cada diez personas podría ser la persona número diez. Bueno, ese no es el planteamiento verdadero, pero me habría gustado hacerlo. No me resultó complicado investigar el tema que no les voy a decir. Y la recompensa ha sido un trabajo del cual me siento orgulloso. Treinta páginas acerca de todo lo que uno tiene que hacer aunque no quiera, de lo raras que son las cosas, de los días que pasan y que uno no avanza, del desaliento, sobre el desamor y la inercia. Un escrito sencillo sobre un punto de vista y un montón de cansancio. En ninguna de todas sus páginas hay un adorno literario, ni un solo pensamiento profundo, ninguna imagen narrativa. Tiene todo lo que necesita un best seller. Quien sabe, puede ser que lo mande a encuadernar y lo envíe para el Premio Planeta.
Desde la semana pasada estoy en un grupo de trabajo. Por alguna extraña razón nos hemos integrado en uno solo los estudiantes más capaces del curso, los representantes del diario Súper Andrea y José Antonio, Juan Carlos del 4. Además de las exiliadas Tamaras, Anitas y Paolas. A las Cinthyas no las invitamos porque ya sabemos que a ustedes no les caen bien.
Si logramos nuestro objetivo entraremos en la historia del Ecuador. Sabrán de nosotros en la parte de crónica roja de los diarios de sus respectivas ciudades. Yo voy a ser el asesino misterioso del cual la policía no tiene rastros, y Andrea la chica encantadora que hace bromas inteligentes y que resultó ilesa. Sí, yo ya te la tenía jurada y todavía me falta el Hi5 =)
domingo, octubre 23, 2005
Capítulo decimotercero: banana republic
Todos los presidentes constitucionales de la República del Ecuador han sido raros, cuando no locos.
Por ejemplo, tanto me acuerdo de Abdalá Bucarán, pasaran trescientos años y lo veremos en Roma convertido en una estatua y dignificado a la categoría de santo.
Al hombre le daba por creerse Batman y que vivía en ciudad Gótica. Cuando nadie lo veía amarraba una cuerda en los candelabros históricos del palacio de gobierno y descendía a una velocidad endiablada rompiendo los bordados de los gobelinos del poder. Para los que no sepan, los gobelinos son el papel tapiz de color amarillo del salón presidencial. Pasaba zumbando por sobre las cabezas de sus ministros y el cuerpo de diplomáticos en pleno. Pero más que un super héroe parecía un enorme moscardón con alas de vampiro sideral que no lograba impresionar a nadie.
Una vez lo vimos en la televisión dando un discurso sobre la situación fiscal del país en mandarín. Por si acaso, el mandarín es el idioma de los chinos. Por un buen tiempo nadie supo de donde le había venido el segundo idioma. Hasta que la prensa lo descubrió fotografiado en la primera plana en reuniones extraoficiales con su similar del Perú y mejor amigo del mundo, Alberto Fujimori.
Por las noches hablaba con los retratos de los próceres de la patria y luego, él mismo se encargaba de guardar en las caballerizas a los caballos de la escolta presidencial. Una ocasión despertó a la mitad de la madrugada y vio que lo apuntaba a la cabeza con un rifle arcaico el cadáver insepulto del presidente García Moreno, tenía el rostro demacrado por la machetiza que recibió ciento cincuenta años antes en las gradas del palacio. Desde esa noche tuvo la costumbre de santiguarse antes de dormir.
El presidente Gustavo Noboa, luego de la misa del gallo, congregaba a los ciudadanos madrugadores con un cencerro de misa. Los cencerros son las campanillas que antiguamente usaban los curas. Una vez que tenía un buen número de jubilados y funcionarios públicos empezaba la mañana contando una ronda de cachos. Acá les decimos cachos a los chistes, no sé cómo les dirán ustedes en México. Y a los que no se reían, por decreto presidencial, ordenaba un juicio sumarial por traición a la patria.
Cuando culminó su régimen, y antes de ceder la banda presidencial al otro mandatario, tuvo que irse a esconder a la embajada de Puerto Rico. Allí permaneció casi un año el pobre, sin salir porque en las puertas estratégicas lo esperaba el ex presidente León Febres-Cordero con una docena de perros entrenados para despedazarlo. Las únicas visitas que tenía estaban prohibidas, pero los de las prensa se las arreglaban para tener sus declaraciones de cómo cocinaba la mujer del embajador y los comentarios deportivos del por qué los jugadores del Barcelona son tan brutos y los de Emelec tan borrachos. Los diálogos eran a gritos desde los balcones de los edificios de frente a la embajada.
León Febres-Cordero, el más importante líder político vivo del país y nombre de animal felino. Su régimen comprendido en el periodo del ochentaicuatro al ochentaiocho. La verdad es que entonces estaba muy chico como para acordarme, pero hasta estos días quedan los estragos de su temible política represiva que acabó con los primeros levantamientos guerrilleros en el país.
Recuerdo como si fuera ayer el día en que vino un primo de mi mamá, un tal Frías. El señor no tenía oficio conocido, ni un trabajo estable, ni nada que justificara el lujo de los vehículos aparcados en su cochera. La primera vez que lo vimos llegar por sus propios pies fue una remota tarde. Yo abrí la puerta y lo vi con la ropa sucia, con el aliento a aguardiente y con la cara de no haber dormido en muchos días. Le contó a mi mamá que había mandado a su mujer y a las hijas a Colombia y que él no había dejado el país por temor a que lo sorprendiera el escuadrón de la muerte en la frontera. Resulta que el señor con cara de político, camisas de hilo y de modales de Carreño en la mesa era el cabecilla de una célula del grupo clandestino Alfaro Vive Carajo. Mi mamá cerró la puerta cuando le contó su afán de ocultarse en la casa hasta que la requisa terminara. Creo que del miedo ella llamó a la policía. Desde esa tarde nunca lo volvimos a ver.
Capítulo decimocuarto: Y todavía falta más.
Anoche me acosté a las dos de la madrugada. Desperté y vi la hora en el fono, las ocho de la mañana. Según yo había dormido un día completo y ya era el amanecer del lunes.
Quise dormir un poco más, pero no pude. Creo que se me quitó el sueño por el cargo de conciencia de tener la ropa sucia acumulada en dos semanas. Me levanté, encendí la lavadora y, después, la bomba. En el tercer mundo sólo tenemos agua por bomba de succión y cuando se va debemos arrojar por el pozo en el centro de la alcea un balde amarrado con una soga. A veces los médicos de la Onu se enojan, pero ese es otro cuento.
Aunque estoy despierto desde las ocho de la media madrugada hice unas tareas pendientes, me entretuve barriendo el cuarto para no aburrirme, y para qué, todavía tengo energías. También tengo un cartón lleno de películas, ya me las vi todas, pero talvez me ponga a verlas de nuevo. Todas todas todas.
La semana pasada me dio por prestarles a mis amigos las que yo creía las mejores películas, trataba de adivinarles el gusto. A Anita le presté el Efecto Mariposa en la aparece el chico al que le digo el Efecto Mariposa, Colateral con el Ton Cruz y Celular protagonizada por la novia de Batman. A Paola, el Eterno Resplandor de una Mente Brillante con el, éste, Jin Carry. A Juan Carlos se me olvidó llevarle La Belleza Americana en la que aparecen el Hombre Araña cuando aún era chiro y la niñita que hacía de Merlina en los Locos Addams, ahorita me acuerdo en que hay una parte en que ella se levanta la blusa y el Hombre Araña la filma con su camarita, nunca me olvidaré de eso. Y finalmente, Tamara que me pidió que le preste una porno sólida. Já, no me crean, yo siempre miento. En realidad no me pidió nada, pero de todos modos pensaba llevarle la Pasión de Jesucristo pero también lo olvidé.

Este creo que ha sido el post más extenso que he logrado escribir. Una evidencia de todo el tiempo libre que tengo. Se me ha ocurrido hacer más experimental a este sitio y no atarme a los mil quinientos caracteres regulares en cada post. Así que quedan advertidos. También quisiera sincerarme en otras cosas mas, pero ya está muy largo esto, yo mismo ya me aburrí.
Todos los presidentes constitucionales de la República del Ecuador han sido raros, cuando no locos.
Por ejemplo, tanto me acuerdo de Abdalá Bucarán, pasaran trescientos años y lo veremos en Roma convertido en una estatua y dignificado a la categoría de santo.
Al hombre le daba por creerse Batman y que vivía en ciudad Gótica. Cuando nadie lo veía amarraba una cuerda en los candelabros históricos del palacio de gobierno y descendía a una velocidad endiablada rompiendo los bordados de los gobelinos del poder. Para los que no sepan, los gobelinos son el papel tapiz de color amarillo del salón presidencial. Pasaba zumbando por sobre las cabezas de sus ministros y el cuerpo de diplomáticos en pleno. Pero más que un super héroe parecía un enorme moscardón con alas de vampiro sideral que no lograba impresionar a nadie.
Una vez lo vimos en la televisión dando un discurso sobre la situación fiscal del país en mandarín. Por si acaso, el mandarín es el idioma de los chinos. Por un buen tiempo nadie supo de donde le había venido el segundo idioma. Hasta que la prensa lo descubrió fotografiado en la primera plana en reuniones extraoficiales con su similar del Perú y mejor amigo del mundo, Alberto Fujimori.
Por las noches hablaba con los retratos de los próceres de la patria y luego, él mismo se encargaba de guardar en las caballerizas a los caballos de la escolta presidencial. Una ocasión despertó a la mitad de la madrugada y vio que lo apuntaba a la cabeza con un rifle arcaico el cadáver insepulto del presidente García Moreno, tenía el rostro demacrado por la machetiza que recibió ciento cincuenta años antes en las gradas del palacio. Desde esa noche tuvo la costumbre de santiguarse antes de dormir.
El presidente Gustavo Noboa, luego de la misa del gallo, congregaba a los ciudadanos madrugadores con un cencerro de misa. Los cencerros son las campanillas que antiguamente usaban los curas. Una vez que tenía un buen número de jubilados y funcionarios públicos empezaba la mañana contando una ronda de cachos. Acá les decimos cachos a los chistes, no sé cómo les dirán ustedes en México. Y a los que no se reían, por decreto presidencial, ordenaba un juicio sumarial por traición a la patria.
Cuando culminó su régimen, y antes de ceder la banda presidencial al otro mandatario, tuvo que irse a esconder a la embajada de Puerto Rico. Allí permaneció casi un año el pobre, sin salir porque en las puertas estratégicas lo esperaba el ex presidente León Febres-Cordero con una docena de perros entrenados para despedazarlo. Las únicas visitas que tenía estaban prohibidas, pero los de las prensa se las arreglaban para tener sus declaraciones de cómo cocinaba la mujer del embajador y los comentarios deportivos del por qué los jugadores del Barcelona son tan brutos y los de Emelec tan borrachos. Los diálogos eran a gritos desde los balcones de los edificios de frente a la embajada.
León Febres-Cordero, el más importante líder político vivo del país y nombre de animal felino. Su régimen comprendido en el periodo del ochentaicuatro al ochentaiocho. La verdad es que entonces estaba muy chico como para acordarme, pero hasta estos días quedan los estragos de su temible política represiva que acabó con los primeros levantamientos guerrilleros en el país.
Recuerdo como si fuera ayer el día en que vino un primo de mi mamá, un tal Frías. El señor no tenía oficio conocido, ni un trabajo estable, ni nada que justificara el lujo de los vehículos aparcados en su cochera. La primera vez que lo vimos llegar por sus propios pies fue una remota tarde. Yo abrí la puerta y lo vi con la ropa sucia, con el aliento a aguardiente y con la cara de no haber dormido en muchos días. Le contó a mi mamá que había mandado a su mujer y a las hijas a Colombia y que él no había dejado el país por temor a que lo sorprendiera el escuadrón de la muerte en la frontera. Resulta que el señor con cara de político, camisas de hilo y de modales de Carreño en la mesa era el cabecilla de una célula del grupo clandestino Alfaro Vive Carajo. Mi mamá cerró la puerta cuando le contó su afán de ocultarse en la casa hasta que la requisa terminara. Creo que del miedo ella llamó a la policía. Desde esa tarde nunca lo volvimos a ver.
Capítulo decimocuarto: Y todavía falta más.
Anoche me acosté a las dos de la madrugada. Desperté y vi la hora en el fono, las ocho de la mañana. Según yo había dormido un día completo y ya era el amanecer del lunes.
Quise dormir un poco más, pero no pude. Creo que se me quitó el sueño por el cargo de conciencia de tener la ropa sucia acumulada en dos semanas. Me levanté, encendí la lavadora y, después, la bomba. En el tercer mundo sólo tenemos agua por bomba de succión y cuando se va debemos arrojar por el pozo en el centro de la alcea un balde amarrado con una soga. A veces los médicos de la Onu se enojan, pero ese es otro cuento.
Aunque estoy despierto desde las ocho de la media madrugada hice unas tareas pendientes, me entretuve barriendo el cuarto para no aburrirme, y para qué, todavía tengo energías. También tengo un cartón lleno de películas, ya me las vi todas, pero talvez me ponga a verlas de nuevo. Todas todas todas.
La semana pasada me dio por prestarles a mis amigos las que yo creía las mejores películas, trataba de adivinarles el gusto. A Anita le presté el Efecto Mariposa en la aparece el chico al que le digo el Efecto Mariposa, Colateral con el Ton Cruz y Celular protagonizada por la novia de Batman. A Paola, el Eterno Resplandor de una Mente Brillante con el, éste, Jin Carry. A Juan Carlos se me olvidó llevarle La Belleza Americana en la que aparecen el Hombre Araña cuando aún era chiro y la niñita que hacía de Merlina en los Locos Addams, ahorita me acuerdo en que hay una parte en que ella se levanta la blusa y el Hombre Araña la filma con su camarita, nunca me olvidaré de eso. Y finalmente, Tamara que me pidió que le preste una porno sólida. Já, no me crean, yo siempre miento. En realidad no me pidió nada, pero de todos modos pensaba llevarle la Pasión de Jesucristo pero también lo olvidé.
Este creo que ha sido el post más extenso que he logrado escribir. Una evidencia de todo el tiempo libre que tengo. Se me ha ocurrido hacer más experimental a este sitio y no atarme a los mil quinientos caracteres regulares en cada post. Así que quedan advertidos. También quisiera sincerarme en otras cosas mas, pero ya está muy largo esto, yo mismo ya me aburrí.
martes, octubre 18, 2005
Capítulo decimosegundo: ranchito day.
Acá sentado frente a la compu, sin sentir remordimientos por la tarea que no hice hoy. Será porque yo no le hago caso a nada que no sea del tamaño de mi grandeza.
Debería de cobrarles por cada poste, en especial a los que no comentan. Se admiten bonos del Estado o fotografías de cuerpo entero de chicas bonitas, de preferencia sin ropa.
Apropósito, a la salida de la U, Anita me llevó a dar una vuelta en su automóvil nuevo. Tan aniñada la muchacha que no condujo porque tiene chofer. Entonces comprendí cuán grande es mi carestía, era la primera vez que me subía a un auto con vidrios eléctricos. Que cosa tan linda jugar con los botones. Fue un fugaz retroceso en la edad. Como en los tiempos de mi niñez cuando me divertía poniéndole granos de café tostado en el plato de la sopa de mi abuelo, para infundirle el temor a Dios que tanto quería mi abuelita.

Mi día laboral terminó hace una hora. Mañana sí tendré una jornada agitada. Tengo una hoja llena en la agenda de citas previas. Así es como yo le pongo a mis clientes, citas previas. De modo que si alguien quiere verme a las, no sé, pónganse a las cuatro de la tarde, pues a ver en la agenda. Toda la vida estuve creyendo que lo que a uno le daba la mayoría de edad era el cartón de la cédula de identidad, pero no, en realidad ha sido tener una agenda en la que anotas los nombres de las personas que hacen fila por verte o en qué hora debes de tomar la pastilla para la ulcera gástrica, la Ranitidina MK de trescientos miligramos, la bonificación es de diez mas cuatro, o si prefiere cien mas cincuenta, mire que los de Difare y Ecuaquímica son unos sabidos de mierda, yo le doy el siete por ciento de descuento y ellos apenas el cinco y el resto ni siquiera eso, se comen solitos la plata, qué mas quiere, por qué cree que no tengo carro, porque me dedico el día hacer feria mi sueldo, porque al fin y al cabo yo no estoy aquí para venderle sino para aconsejarle pues la felicidad no es una obligación.
Acá sentado frente a la compu, sin sentir remordimientos por la tarea que no hice hoy. Será porque yo no le hago caso a nada que no sea del tamaño de mi grandeza.
Debería de cobrarles por cada poste, en especial a los que no comentan. Se admiten bonos del Estado o fotografías de cuerpo entero de chicas bonitas, de preferencia sin ropa.
Apropósito, a la salida de la U, Anita me llevó a dar una vuelta en su automóvil nuevo. Tan aniñada la muchacha que no condujo porque tiene chofer. Entonces comprendí cuán grande es mi carestía, era la primera vez que me subía a un auto con vidrios eléctricos. Que cosa tan linda jugar con los botones. Fue un fugaz retroceso en la edad. Como en los tiempos de mi niñez cuando me divertía poniéndole granos de café tostado en el plato de la sopa de mi abuelo, para infundirle el temor a Dios que tanto quería mi abuelita.
Mi día laboral terminó hace una hora. Mañana sí tendré una jornada agitada. Tengo una hoja llena en la agenda de citas previas. Así es como yo le pongo a mis clientes, citas previas. De modo que si alguien quiere verme a las, no sé, pónganse a las cuatro de la tarde, pues a ver en la agenda. Toda la vida estuve creyendo que lo que a uno le daba la mayoría de edad era el cartón de la cédula de identidad, pero no, en realidad ha sido tener una agenda en la que anotas los nombres de las personas que hacen fila por verte o en qué hora debes de tomar la pastilla para la ulcera gástrica, la Ranitidina MK de trescientos miligramos, la bonificación es de diez mas cuatro, o si prefiere cien mas cincuenta, mire que los de Difare y Ecuaquímica son unos sabidos de mierda, yo le doy el siete por ciento de descuento y ellos apenas el cinco y el resto ni siquiera eso, se comen solitos la plata, qué mas quiere, por qué cree que no tengo carro, porque me dedico el día hacer feria mi sueldo, porque al fin y al cabo yo no estoy aquí para venderle sino para aconsejarle pues la felicidad no es una obligación.
domingo, octubre 16, 2005
Capítulo décimo: la alegoría de la hiper realidad.
De lunes a viernes, antes de salir a trabajar, estoy puntual frente al único espejo de la casa. Cuando mi mamá me ve listo para un nuevo día, empieza con el interrogatorio de que si acaso trabajas para los hermanitos. Y yo le respondo que no. Entonces, por qué estas vestido de camisa celeste y pantalón negro. Ese es el uniforme que obligan usar. Qué haces con ese maletín que usan sólo los hermanitos. Aquí llevo mis carpetas de Sophia. Y por qué andas a cargar a todos lados esa Biblia y yo le digo que no es nada la Biblia sino un libro que estoy leyendo, no le digo cuál porque si le digo que es del Gayli seguro me pregunta si ahora me creo Juancho, el del Gran Hermano.
En ocasiones me va bien en mi trabajo y mi día rutinario termina en algún Servipagos. Otras veces terminan de forma absurda, como el viernes en que me tocó visitar a un tipo tan cara dura que ni siquiera tenía desarrollado el instinto de auto conservación, porque ya era la enésima vez que le insistí cuándo va a pagar todas las facturas que tiene atrasadas. Sin levantar la vista del periódico me dice que mañana. Yo le digo ayer me dijo lo mismo. Y me responde, seguro mañana. Qué pena pero ya me dijeron que le diga que ya no habrá mañana. Y él me responde mentira. Y yo le dije, tendré que levantarle un informe. Hágalo. Y yo le digo esta bien, usted cargara con el peso de sus palabras y entonces, en lugar del informe, me toca hacer una llamada a la central y antes de terminar de comunicarles la novedad llega un furgón en cuyas puertas está pintado el inocente logotipo de la farmacéutica y en el techo lleva un letrerote que dice le estamos cobrando a un moroso y antes de que termine de detenerse, antes que el señor de la farmacia termine de leer el Bonil del día, se bajan cinco gorilas bárbaros que apenas si saben expresarte en lengua de cristianos. Enseguida arrancan los letreros y quedan los tornillos torcidos como muelas extirpadas. Saquean los aparadores. Sacan el cascarón de la pintura del color de la medicina de la fachada. Remueven los cimientos y las personas en el interior caen confundidas por la ventana. Buscan todo lo que pertenece al laboratorio y si la mujer del moroso está rica, también se la llevan.
Y antes de perderse en una esquina del camino, todavía agarrados de las puertas del furgón, me gritan que si otra vez caes con un cliente así te capamos, y yo digo, con que para esto quedé, quedé para ver cómo se llevaron todo, como dejaron un hueco en el terreno donde antes estuvo la farmacia. Ni siquiera me dieron como bonificación la colonia de Juancho que les pedí, qué desgraciados, malparidos, hijos de puta.
Capítulo decimoprimero: ya, enserio.
Hoy me desperté con la bulla que hizo mi hermano frente a la tele. Él estaba viendo como todos los domingos el programa del Guapo Vera por el 2. Entonces el muy burro comenzó a agarrar a patadas a la tele, porque según él no sintonizaba bien el canal. Mi mamá le gritó desde la cocina. Pero luego de un rato descubrimos que no era el televisor que fallaba, sino que desde el canal llegaba la señal distorsionada. Lo más sorprendente fue cuando el mismo Guapo Vera dijo frente a las camaras para toda la población nacional que los militares en complot con el defenestrado presidente Gutiérrez eran los culpables de la anomalía.

Desde entonces hasta esta hora no he vuelto a ver el canal. Estoy esperando a que sean las seis de la tarde para ver Sabrina. Si encuentro la señal dañada ahí sí me va a doler. A mí que me quiten la libertad de expresión, pero no el show de Sabrina. Ahora eso faltaba, militares desgraciados, por qué no le quitan la señal cuando están dando Doraemon, que ya me sé de memoria los diálogos de tanto que lo repiten y eso que ni lo veo.
De lunes a viernes, antes de salir a trabajar, estoy puntual frente al único espejo de la casa. Cuando mi mamá me ve listo para un nuevo día, empieza con el interrogatorio de que si acaso trabajas para los hermanitos. Y yo le respondo que no. Entonces, por qué estas vestido de camisa celeste y pantalón negro. Ese es el uniforme que obligan usar. Qué haces con ese maletín que usan sólo los hermanitos. Aquí llevo mis carpetas de Sophia. Y por qué andas a cargar a todos lados esa Biblia y yo le digo que no es nada la Biblia sino un libro que estoy leyendo, no le digo cuál porque si le digo que es del Gayli seguro me pregunta si ahora me creo Juancho, el del Gran Hermano.
En ocasiones me va bien en mi trabajo y mi día rutinario termina en algún Servipagos. Otras veces terminan de forma absurda, como el viernes en que me tocó visitar a un tipo tan cara dura que ni siquiera tenía desarrollado el instinto de auto conservación, porque ya era la enésima vez que le insistí cuándo va a pagar todas las facturas que tiene atrasadas. Sin levantar la vista del periódico me dice que mañana. Yo le digo ayer me dijo lo mismo. Y me responde, seguro mañana. Qué pena pero ya me dijeron que le diga que ya no habrá mañana. Y él me responde mentira. Y yo le dije, tendré que levantarle un informe. Hágalo. Y yo le digo esta bien, usted cargara con el peso de sus palabras y entonces, en lugar del informe, me toca hacer una llamada a la central y antes de terminar de comunicarles la novedad llega un furgón en cuyas puertas está pintado el inocente logotipo de la farmacéutica y en el techo lleva un letrerote que dice le estamos cobrando a un moroso y antes de que termine de detenerse, antes que el señor de la farmacia termine de leer el Bonil del día, se bajan cinco gorilas bárbaros que apenas si saben expresarte en lengua de cristianos. Enseguida arrancan los letreros y quedan los tornillos torcidos como muelas extirpadas. Saquean los aparadores. Sacan el cascarón de la pintura del color de la medicina de la fachada. Remueven los cimientos y las personas en el interior caen confundidas por la ventana. Buscan todo lo que pertenece al laboratorio y si la mujer del moroso está rica, también se la llevan.
Y antes de perderse en una esquina del camino, todavía agarrados de las puertas del furgón, me gritan que si otra vez caes con un cliente así te capamos, y yo digo, con que para esto quedé, quedé para ver cómo se llevaron todo, como dejaron un hueco en el terreno donde antes estuvo la farmacia. Ni siquiera me dieron como bonificación la colonia de Juancho que les pedí, qué desgraciados, malparidos, hijos de puta.
Capítulo decimoprimero: ya, enserio.
Hoy me desperté con la bulla que hizo mi hermano frente a la tele. Él estaba viendo como todos los domingos el programa del Guapo Vera por el 2. Entonces el muy burro comenzó a agarrar a patadas a la tele, porque según él no sintonizaba bien el canal. Mi mamá le gritó desde la cocina. Pero luego de un rato descubrimos que no era el televisor que fallaba, sino que desde el canal llegaba la señal distorsionada. Lo más sorprendente fue cuando el mismo Guapo Vera dijo frente a las camaras para toda la población nacional que los militares en complot con el defenestrado presidente Gutiérrez eran los culpables de la anomalía.
Desde entonces hasta esta hora no he vuelto a ver el canal. Estoy esperando a que sean las seis de la tarde para ver Sabrina. Si encuentro la señal dañada ahí sí me va a doler. A mí que me quiten la libertad de expresión, pero no el show de Sabrina. Ahora eso faltaba, militares desgraciados, por qué no le quitan la señal cuando están dando Doraemon, que ya me sé de memoria los diálogos de tanto que lo repiten y eso que ni lo veo.
miércoles, octubre 12, 2005
Capítulo noveno: si tiene un problema sin solución, póngase un blog.
Ya son quince días de cuando culminé mis prácticas en la revista de la Cámara de Industrias. No sé si sea por mi terquedad congénita, pero quería quedarme trabajando en ese lugar, y no porque fuera una realización personal, ni mucho menos porque me gustara recibir las órdenes caprichosas de mi jefa que me pedía que por favor consígame el horario de dormir del Secretario de Comunicación de la República. Esta bien doña Maruja. Averígüeme a qué hora llega el canciller de Irapuato. Esta bien doña Maruja. Dígale al señor Toral, cuando llegue, que se bañe porque no lo voy a recibir así de puerco. Esta bien doña Maruja. Si vienen los agentes de la DEA dígales que me morí de sobredosis de talco mezclado con pólvora. Esta bien doña Maruja. Riegue las tumbas de mis últimos asistentes que se suicidaron antes que usted. Esta bien doña Maruja.
No me habría quedado en este sitio por el sueldazo porque las secretarias que ahorita me acuerdo son bien nalgoncitas, me decían que lo que ganaban apenas si les alcanzaba para cubrir los gastos que generaba su propio trabajo, sino por sacarme la mala conciencia de estar estudiando una carrera que no aplico para nada.
Y para terminar de ponerme pesimista. Me proyecto al futuro donde termino con mucho esfuerzo los seminarios y obtengo por fin mi título de Periodista Profesional para al instante estudiar una carrera igual de inútil, publicidad. Y así, hasta que en una de esas me encuentre a mí mismo llegando atrasado a la segunda hora de Diseño de Interiores, me reprenden en un injusto estado de igualdad, y descubro que tantos años como estudiante apenas han servido para saber que he tenido siempre la misma edad de mis compañeros adolescentes.
PAUSA: Allí esta otra vez la canción del comercial de Sedal. Qué bonito. La escucho en el otro cuarto donde está el televisor encendido. Por eso digo que no vale la pena amargarse la vida por tonteras.
Ya son quince días de cuando culminé mis prácticas en la revista de la Cámara de Industrias. No sé si sea por mi terquedad congénita, pero quería quedarme trabajando en ese lugar, y no porque fuera una realización personal, ni mucho menos porque me gustara recibir las órdenes caprichosas de mi jefa que me pedía que por favor consígame el horario de dormir del Secretario de Comunicación de la República. Esta bien doña Maruja. Averígüeme a qué hora llega el canciller de Irapuato. Esta bien doña Maruja. Dígale al señor Toral, cuando llegue, que se bañe porque no lo voy a recibir así de puerco. Esta bien doña Maruja. Si vienen los agentes de la DEA dígales que me morí de sobredosis de talco mezclado con pólvora. Esta bien doña Maruja. Riegue las tumbas de mis últimos asistentes que se suicidaron antes que usted. Esta bien doña Maruja.
No me habría quedado en este sitio por el sueldazo porque las secretarias que ahorita me acuerdo son bien nalgoncitas, me decían que lo que ganaban apenas si les alcanzaba para cubrir los gastos que generaba su propio trabajo, sino por sacarme la mala conciencia de estar estudiando una carrera que no aplico para nada.
Y para terminar de ponerme pesimista. Me proyecto al futuro donde termino con mucho esfuerzo los seminarios y obtengo por fin mi título de Periodista Profesional para al instante estudiar una carrera igual de inútil, publicidad. Y así, hasta que en una de esas me encuentre a mí mismo llegando atrasado a la segunda hora de Diseño de Interiores, me reprenden en un injusto estado de igualdad, y descubro que tantos años como estudiante apenas han servido para saber que he tenido siempre la misma edad de mis compañeros adolescentes.
PAUSA: Allí esta otra vez la canción del comercial de Sedal. Qué bonito. La escucho en el otro cuarto donde está el televisor encendido. Por eso digo que no vale la pena amargarse la vida por tonteras.
domingo, octubre 09, 2005
Capítulo séptimo: la noticia Pilsener.
Un duro revés ha sufrido el mundo de los asaltantes de barrios y los pandilleros de colegios fiscales ante la temprana pero deseada muerte de uno de los mayores exponentes del arte del Perreo 2004.
El ajusticiamiento habría ocurrido en un hecho tan confuso que todavía no se ha podido esclarecer la circunstancia de la muerte, ni la identidad del occiso. Se cree que la víctima puede ser Luni Tun o Dadi Yanqui, “no importa, todos los perros se parecen”, ha declarado el asesino confeso que habría sorprendido al artista robándose una gallina de su propiedad. “Lo bajé a bala de los alambres del techo”, y lo remató cuando estaba dando tumbos de agonía sobre las piedras del patio.
Sin embargo, otra hipótesis indica que el homicidio habría ocurrido por una gresca entre pandilleros surgida en una fiesta de cumpleaños, indicó la viuda poco antes de preguntarnos si le daríamos dinero por sus declaraciones.
“El Perreo 2004 ya no será igual”, declaró el conocido Don Omar mientras le sacaba con alicates las muelas de oro al cadáver en su ataúd. “Qué pena que se haya muerto”, dijo, “me debía mucha plata”.
Capítulo octavo: llegué y ya quiero irme.
Tengo la extraña sensación de que he dormido todo el día. Siento como si acabara de amanecer, pero no. Son las nueve de la noche y yo acá con una taza de café que es el que tomo todas las mañanas antes de empezar el día. Juraría que acaba de cantar el gallo que el vecino tiene amarrado en el patio.
Esta tarde fui al cine. Cuando salí tuve la sensación de haber trasnochado. No me acuerdo el nombre de la película, pero si hubiera sido mala me acordaría. Como la de Sin City. Al terminar de verla me preguntaron, entendiste algo, y yo, ni madris. Qué película tan mala. Si piensan verla, piénsenlo dos veces. Y si les ofrecen a cambio de sus entradas una función de dos por uno en el Circo del Cholito on Ice, acéptenla.

A veces hay cosas mejores en la televisión que en el cine. Como el comercial de Sedal. El video es estúpidamente alegre, en comparación con el soud trank melancólico. Allí es cuando uno dice, qué canción tan buena, cada vez que la escucho termino llorando.
Apropósito de llantos. Mañana toca clases con dos profesores que se empeñan en hacernos perder el tiempo, y yo aún no he preparado mi mochila, ni he planchado el uniforme. Estuve buscando por todos lados mi lonchera de Rambo y apenas si encontré el termo debajo de la cama. Como si fuera poco perdí el chismógrafo de una amiga y la revista porno que me encomendaron. La tarea de matemáticas se la comió el perro y he olvidado cómo se hace el nudo de la corbata.
Un duro revés ha sufrido el mundo de los asaltantes de barrios y los pandilleros de colegios fiscales ante la temprana pero deseada muerte de uno de los mayores exponentes del arte del Perreo 2004.
El ajusticiamiento habría ocurrido en un hecho tan confuso que todavía no se ha podido esclarecer la circunstancia de la muerte, ni la identidad del occiso. Se cree que la víctima puede ser Luni Tun o Dadi Yanqui, “no importa, todos los perros se parecen”, ha declarado el asesino confeso que habría sorprendido al artista robándose una gallina de su propiedad. “Lo bajé a bala de los alambres del techo”, y lo remató cuando estaba dando tumbos de agonía sobre las piedras del patio.
Sin embargo, otra hipótesis indica que el homicidio habría ocurrido por una gresca entre pandilleros surgida en una fiesta de cumpleaños, indicó la viuda poco antes de preguntarnos si le daríamos dinero por sus declaraciones.
“El Perreo 2004 ya no será igual”, declaró el conocido Don Omar mientras le sacaba con alicates las muelas de oro al cadáver en su ataúd. “Qué pena que se haya muerto”, dijo, “me debía mucha plata”.
Capítulo octavo: llegué y ya quiero irme.
Tengo la extraña sensación de que he dormido todo el día. Siento como si acabara de amanecer, pero no. Son las nueve de la noche y yo acá con una taza de café que es el que tomo todas las mañanas antes de empezar el día. Juraría que acaba de cantar el gallo que el vecino tiene amarrado en el patio.
Esta tarde fui al cine. Cuando salí tuve la sensación de haber trasnochado. No me acuerdo el nombre de la película, pero si hubiera sido mala me acordaría. Como la de Sin City. Al terminar de verla me preguntaron, entendiste algo, y yo, ni madris. Qué película tan mala. Si piensan verla, piénsenlo dos veces. Y si les ofrecen a cambio de sus entradas una función de dos por uno en el Circo del Cholito on Ice, acéptenla.
A veces hay cosas mejores en la televisión que en el cine. Como el comercial de Sedal. El video es estúpidamente alegre, en comparación con el soud trank melancólico. Allí es cuando uno dice, qué canción tan buena, cada vez que la escucho termino llorando.
Apropósito de llantos. Mañana toca clases con dos profesores que se empeñan en hacernos perder el tiempo, y yo aún no he preparado mi mochila, ni he planchado el uniforme. Estuve buscando por todos lados mi lonchera de Rambo y apenas si encontré el termo debajo de la cama. Como si fuera poco perdí el chismógrafo de una amiga y la revista porno que me encomendaron. La tarea de matemáticas se la comió el perro y he olvidado cómo se hace el nudo de la corbata.
sábado, octubre 08, 2005
Capítulo sexto: todo mi amor.
Cuando tú sientas calor sin saber porque. Es que alguien desde lejos piensa en ti, créeme. Cuando duermes en tu cama y una llama te quemó. Alguien te busca. Yo te quiero en la distancia, colgada del estrés. Entre mares y ciudades yo te busco en donde estés. No se muy bien tu nombre, ni dónde te veré. Yo quiero. Quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor. Busco por las calles tu inicial, tu mirada en un papel. Y te llamo y te reclamo dónde estás, contéstame. No se nada de tu cuerpo, ni tus ojos, ni tus labios, ni tu piel. Yo quiero. Quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor. Sabes que no miento, esto es lo que siento. Para tí todo mi amor. Te quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para tí. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para ti todo mi amor, todo mi, todo mi amor. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí, como soy. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Sueño que me sueñas viviendo, y desviviéndote por mí. Como soy. Para tí todo mi amor. Para ti, mi amor. Todo mi amor. Yo quiero que me quieras como soy. Todo mi amor. Yo quiero que me quieras porque sí. Todo mi amor. Un palacio en el espacio. Para ti, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor.
Cuando tú sientas calor sin saber porque. Es que alguien desde lejos piensa en ti, créeme. Cuando duermes en tu cama y una llama te quemó. Alguien te busca. Yo te quiero en la distancia, colgada del estrés. Entre mares y ciudades yo te busco en donde estés. No se muy bien tu nombre, ni dónde te veré. Yo quiero. Quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor. Busco por las calles tu inicial, tu mirada en un papel. Y te llamo y te reclamo dónde estás, contéstame. No se nada de tu cuerpo, ni tus ojos, ni tus labios, ni tu piel. Yo quiero. Quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor. Sabes que no miento, esto es lo que siento. Para tí todo mi amor. Te quiero. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí. Un palacio en el espacio, sólo para tí. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para ti todo mi amor, todo mi, todo mi amor. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras como soy. Yo quiero que me quieras porque sí, como soy. Un palacio en el espacio, sólo para ti. Sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Sueño que me sueñas viviendo, y desviviéndote por mí. Como soy. Para tí todo mi amor. Para ti, mi amor. Todo mi amor. Yo quiero que me quieras como soy. Todo mi amor. Yo quiero que me quieras porque sí. Todo mi amor. Un palacio en el espacio. Para ti, sólo para ti. Yo sueño que me sueñas en color. Viviendo, y desviviéndote por mí. Para tí todo mi amor, todo mi amor.
miércoles, octubre 05, 2005
Capítulo cuatro punto cinco: con la soga al cuello.
Anita Y Carlos Luís se casaron. No importó las veces que le dije a ella, arrepiéntete. Lo hizo y de buena gana. Es la primera vez que una amiga se me casa.
La verdad es que yo estuve esperando toda la semana pasada la llamada en la que me dijera, no nos casamos, pero ayer me timbró y le dije, el sábado a esta hora estabas casándote, no te arrepientes y ella me dijo que no, nunca.
Anita sabe muy bien que en toda decisión que tome yo estaré allí, llevándole la contraria. Sólo para mortificarla. El día que nazca el bebe le voy a insistir, ponle Ricardito, para que sufra el muchacho, para que aprenda lo que es bueno, porque los que llevamos ese nombre nos atormentamos una barbaridad, al menos eso dicen.
Lo que no me gustó fue que aquella noche ella estuvo llorando, como si yo me hubiera muerto.
A veces discuten muchísimo y se los he dicho, no tienen nada en común. Ella es locutora de nueve a once de la mañana en 11-Q y él de radio Disney en el horario de las tardes de domingo. Ella sube todas las mañanas por un ascensor que produce un lúgubre sonido de cadenas de penitente hasta el piso 25 del Forum, mientras él trepa las escaleras apurado, hasta algún piso del edificio del Comisariato de la Nueve de Octubre.

Un día lo fuimos a ver al trabajo y tenía cara de prófugo de escuela, le sacamos unas hamburguesas para alegrarlo. En otra ocasión me tocó poner los Mac flurrys porque el triste era yo. Eso se llama terapia grupal.
Capítulo cinco: una guerra de hombres.
Si yo veo en la calle, vestido de mortal, al Gayli me le arrodillo, me le santiguo, hasta un padre nuestro le rezo, y de paso le pregunto qué es lo que se fuma antes de escribir.
Yo no sé cómo un marica de esa calaña puede escribir una cosa tan hermosa con las mismas manos con que se ha masturbado. Maldito perro. Un día lo sabré y entonces yo tendré el poder y me acordaré con cierta compasión del pobre muchacho sin sueños, sin amor y sin dinero que escribía en un blogo muy afamado.
Los últimos días de la prensa es un libro bien maldito, sólo para hombres, caracho. Un día, mientras lo leía en clases, se me ocurrió recitar un elogio en voz alta para el autor. Paola logró escucharme y me preguntó, te le quitarías la ropa a quién. Claro, la muchacha exageraba.

Lo primero que hice esta tarde, luego de cobrar mi sueldo en el Produbanco del Mall del Sur, fue comprarme en la Científica, la mujer de mi hermano del mismo Gayli. Lei unas páginas, y lo encontré un poco aburrido. Confío en que mejore.
Anita Y Carlos Luís se casaron. No importó las veces que le dije a ella, arrepiéntete. Lo hizo y de buena gana. Es la primera vez que una amiga se me casa.
La verdad es que yo estuve esperando toda la semana pasada la llamada en la que me dijera, no nos casamos, pero ayer me timbró y le dije, el sábado a esta hora estabas casándote, no te arrepientes y ella me dijo que no, nunca.
Anita sabe muy bien que en toda decisión que tome yo estaré allí, llevándole la contraria. Sólo para mortificarla. El día que nazca el bebe le voy a insistir, ponle Ricardito, para que sufra el muchacho, para que aprenda lo que es bueno, porque los que llevamos ese nombre nos atormentamos una barbaridad, al menos eso dicen.
Lo que no me gustó fue que aquella noche ella estuvo llorando, como si yo me hubiera muerto.
A veces discuten muchísimo y se los he dicho, no tienen nada en común. Ella es locutora de nueve a once de la mañana en 11-Q y él de radio Disney en el horario de las tardes de domingo. Ella sube todas las mañanas por un ascensor que produce un lúgubre sonido de cadenas de penitente hasta el piso 25 del Forum, mientras él trepa las escaleras apurado, hasta algún piso del edificio del Comisariato de la Nueve de Octubre.
Un día lo fuimos a ver al trabajo y tenía cara de prófugo de escuela, le sacamos unas hamburguesas para alegrarlo. En otra ocasión me tocó poner los Mac flurrys porque el triste era yo. Eso se llama terapia grupal.
Capítulo cinco: una guerra de hombres.
Si yo veo en la calle, vestido de mortal, al Gayli me le arrodillo, me le santiguo, hasta un padre nuestro le rezo, y de paso le pregunto qué es lo que se fuma antes de escribir.
Yo no sé cómo un marica de esa calaña puede escribir una cosa tan hermosa con las mismas manos con que se ha masturbado. Maldito perro. Un día lo sabré y entonces yo tendré el poder y me acordaré con cierta compasión del pobre muchacho sin sueños, sin amor y sin dinero que escribía en un blogo muy afamado.
Los últimos días de la prensa es un libro bien maldito, sólo para hombres, caracho. Un día, mientras lo leía en clases, se me ocurrió recitar un elogio en voz alta para el autor. Paola logró escucharme y me preguntó, te le quitarías la ropa a quién. Claro, la muchacha exageraba.
Lo primero que hice esta tarde, luego de cobrar mi sueldo en el Produbanco del Mall del Sur, fue comprarme en la Científica, la mujer de mi hermano del mismo Gayli. Lei unas páginas, y lo encontré un poco aburrido. Confío en que mejore.
domingo, octubre 02, 2005
Llega un momento en que un blog llega a tener tanta fama que los amigos terminan por decirle a uno lo que debe escribir.
Por supuesto, ésta es la vida de Ricardo reallity weblog. El blog desconocido pero crucial en la historia de la humanidad.
Por tratarse de una edición especial y solicitada previamente al concejo editorial, he decidido separar mi vida por capítulos para disimular un poco la monotonía.
Capitulo primero: Tamara llega a las siete.
Fue a la segunda hora de clases del jueves que estuve conciente de la acogida que tiene este medio informativo. Tamara estaba a la mitad de su tarea de diagramación. Cuando me acerqué decidió ponerse más cómoda. Acostada en la incómoda silla y con las piernas extendidas sobre las de Paola me dice con dejo de mujer fatal, quiero aparecer en el blog. Y yo le digo que únicamente con la condición de que te dejes fotografiar como a las chicas de la Extra. Yo no sé cómo es que ahora tengo tanta facilidad para decir cosas absurdas, y lo que más me intriga es que no me devuelvan una cachetada. La fotografié al día siguiente sin que ella se dejara, durante una exposición.

Capítulo segundo: La chica que apaga incendios.
Paola es voluntaria del cuerpo de bomberos de guayaquil. La verdad es que yo no me la imagino en una situación incendiaria, pues es bastante delicada. El viernes la vi muy entusiasmada porque le tocaba guardia. Le dije mas o menos así, si quieres provoco un incendio. Y ella me dijo pirómano. O sea, mi voluntariosa contribución fue rechazada. No importa, ya veré qué quemo en el patio de mi casa. En eso estaba pensando cuando me pidió prestado el fono para enviar un mensaje, tal y como consta en la fotografía.

Capítulo tercero: yo robot, y a mucha honra.
Por supuesto, ésta es la vida de Ricardo reallity weblog. El blog desconocido pero crucial en la historia de la humanidad.
Por tratarse de una edición especial y solicitada previamente al concejo editorial, he decidido separar mi vida por capítulos para disimular un poco la monotonía.
Capitulo primero: Tamara llega a las siete.
Fue a la segunda hora de clases del jueves que estuve conciente de la acogida que tiene este medio informativo. Tamara estaba a la mitad de su tarea de diagramación. Cuando me acerqué decidió ponerse más cómoda. Acostada en la incómoda silla y con las piernas extendidas sobre las de Paola me dice con dejo de mujer fatal, quiero aparecer en el blog. Y yo le digo que únicamente con la condición de que te dejes fotografiar como a las chicas de la Extra. Yo no sé cómo es que ahora tengo tanta facilidad para decir cosas absurdas, y lo que más me intriga es que no me devuelvan una cachetada. La fotografié al día siguiente sin que ella se dejara, durante una exposición.
Capítulo segundo: La chica que apaga incendios.
Paola es voluntaria del cuerpo de bomberos de guayaquil. La verdad es que yo no me la imagino en una situación incendiaria, pues es bastante delicada. El viernes la vi muy entusiasmada porque le tocaba guardia. Le dije mas o menos así, si quieres provoco un incendio. Y ella me dijo pirómano. O sea, mi voluntariosa contribución fue rechazada. No importa, ya veré qué quemo en el patio de mi casa. En eso estaba pensando cuando me pidió prestado el fono para enviar un mensaje, tal y como consta en la fotografía.
Capítulo tercero: yo robot, y a mucha honra.
sábado, septiembre 24, 2005
La semana pasada hubo una evaluación en mi trabajo. Por tres días seguidos tuve que reportarlo todo, el listado de los médicos, las farmacias y todo lo que tuviera que ver con asuntos de enfermos. Hubo contadores que estuvieron contabilizando hasta las sobras del almuerzo. Qué trabajo tan horrible, pobre gente.
Luego tuve que verle la cara a la gerente o gerenta o como sea que se diga. Ella me dijo con un tono solemne, debo darle sus resultados. Me embargó en tremendo sentimiento de alivio, pensé, me van a despedir. Pero no, sólo era un llamado de atención. Que mi productividad ha bajado y cómo no, si me la paso haciendo las tareas en la revista.
A la mitad de mi carrera aún temo desconocer cuáles son mis aptitudes. Una de las muchas evidencias apunta para zapatero. Por ejemplo, ayer Tamara andaba arrastrando un pié, se le había dañado un zapato. Por más que busqué en todos lados no encontré un solo clavo, ni una gota de cemento de contacto porque se lo habían consumido los organizadores de la casa abierta. Tocó arreglarle con lo que tenía a mano, chicle y babita. Imagínense, y luego dicen que los hombres no servimos para nada. Con tal antecedente también puedo aplicar para médico de hospital rural.
Pasando a otros temas de mayor interés, anoche llegaba a mi casa a la media noche. Sentía gotitas de agua en la cara. Se me ocurrió, quién será el mierda que está escupiendo a la calle. Luego, cuando vi el patio empantanado en una densa neblina, descubrí que resultó ser la primera tentativa de lluvia tras varios meses de sequía.
URGENTE:
Esta noche es la final del Gran Hermano y con eso termina el motivo de todas mis guerras y el objeto de todas mis luchas. Al menos hasta que empiece la nueva temporada. Para entonces espero no haberme metido para cura.
domingo, septiembre 18, 2005
Andrea es Melissa y tiene una columna diaria en el Súper. El periódico se publica desde hace más de un mes. Lo que no sabía y vine a enterarme hace unas semanas es que mi amiga, la que se sienta en la banca de más adelante, la que soporta todas las horas de clases bajo el mismo cielo de ventiladores giratorios, la que no registra una falta grave en el historial infame de nuestro curso, es la responsable que las personas vayan en los buses con la cara metida en el diario como si estuvieran enterándose de su porvenir, los que cruzan la calle mientras leen sin mirar por dónde se pierde el auto de latas sueltas que por poco se los lleva, los señores ocultos bajo la sombra del parasol del periódico abierto de par en par en las esquinas, las señoras que esperan el verde del semáforo y fuman a la vez que tienen doblada a la mitad la crónica de la historia del amor de hoy. Todos iban sumergidos en la última noticia que siguen como si fuera la suya, yendo de un lado para otro con el periódico bajo el brazo, mientras yo pienso pero qué gente tan rara, si parecen bloggers. Supe que era ella quien las escribía cuando un día de hace dos semanas llegué a la universidad y me preguntaron que si ya la había visto a Andrea y yo dije que qué pena pero hoy no vino a clases, pero no fue así porque alguien abrió el periódico en la última página y dijo aquí está y yo la vi, y era ella fotografiada con una pluma en la mano, sonriendo desenfadada, respondiendo pacientemente a las cartas que le envían a su sección suplicándole que señorita Melissa, la chica que quiero no me quiere, y ella les contesta que lo primero que hay que hacer es ser amigo de sus amigas para que la tarea de enamorarla sea una trabajo de convencimiento grupal. Señorita Melissa, tengo una amiga que esta enamoradísima de los locutores de radio y ella le responde que llévatela a dar una vuelta por las emisoras para que se decepcione porque una cosa es la voz y otra la persona. Señorita Melissa, tengo doce años y estoy embarazada de mi enamorado de 24, y ella le dice que no te desesperes, aunque es una situación grave tiene un arreglo y no se te ocurra el aborto, mas bien cuéntale el problema a tus padres, seguro se pondrán muy histéricos pero son los únicos que pueden ayudarte. Señorita Melissa, me voy a morir, pero no se mueren nada, sino todo lo contrario, viven para siempre en las cartas publicadas en los miles de ejemplares diarios, ella les responde sin distinción, como si todos fueran una sola persona, midiendo su respuesta de acuerdo al tamaño de nuestro destino porque solamente ella conoce lo que todos ignoramos, porque ella es la única de nosotros que ha sabido comprendernos a todos. Así es.
domingo, septiembre 11, 2005
Talvez lo mío no sea ganarme un premio de literatura. Con el trauma de quedarme de año por faltas excesivas en la U, el trabajo que hago a medias, la labor comunitaria que realizo en la CIG y mi escrito descuidado por una dolorosa mezcla de falta de creatividad y tiempo, en lugar de nominarme para el Alfaguara 2006 debería estarlo para el Nobel de la paz.
El trato con mi superiora en la revista ha mejorado. Ahora se arriesga a lanzarme de vez en cuando un, lo que escribe está medio decente. Tremendo halagazo. Pero cuando yo me resiento lo hago a muerte y lo único que puede remediarlo es un acto heroico por parte de esa persona.
Debo reconocer que las instalaciones del edificio son de primera, para todo se usan tarjetitas de identificación, bip para abrir las puertas de vidrios blindados que mantienen a raya al desaliento de la tarde, bip para que el ascensor que asemeja una sala de cirugías se detenga, bip para ingresar al baño en el que bien se podría comer sobre los lavabos sin riesgo de contraer una infección.
Es que esa institución es la equivalente de la Presidencia de República, pues pertenece a la asociación de los industriales quienes son los que proponen a los intendentes de la policía y la cantidad de indigentes en las calles. Reciben del gobierno favores desmedidos a cambio de servicios temporales. Señalan con el dedo a los árboles que deberán dar frutos y el sitio donde se ocultará el sol. Son un ejemplo de superación personal, la envidia de Pautemoc Sánchez.
lunes, septiembre 05, 2005
Durante la semana pasada empecé las pasantías en una revista. Sí, yo sé que querían leerme en Soho. Tendrán que conformarse con una de baja calidad de la cual no voy a poner el enlace porque más periodístico y profesional le veo a la de Pancho Jaime. Más futuro tiene una porno.
Nunca he trabajado en un medio escrito. Así que estoy resignado a que me llamen la atención hasta por la forma de escribir, pero no como lo han hecho que ni siquiera me hacen valer lo que redacto y claro, Ricardo weblog, para servirle a usted, tiene un buen corazón pero también un mal hígado. Pero esa vieja, uno de estos días, me encontrará con las entrañas fruncidas del coraje.
La impresión del primer día fue muy buena, risita, frasecita ingeniosita y halago. Se hizo una buena idea de mí, pero todo se fue al carajo cuando me hizo agarrar un fono. Y yo que le tengo fobia a los teléfonos. Ni a mis amigos llamo. Y tocó hablarle a un señor, muy amable. Ni idea tenía lo que iba pedirle, pero ya estaba en la línea. Fue allí cuando la vieja sacó el mazo y sólo le faltó decirme, vente para acá, putita.
Me trató como a una mierda. Me dictaba lo que tenía que decir porque usted no sirve ni para una llamada. Iba a darle el teléfono para que ella misma hable. Pero me tragué el mal rato gracias al angelito espontáneo que apareció sobre mi hombro diciéndome, pobrecita, cómo debe sufrir la muy putona para que sea así. A la vez que se desgañitaba en el otro hombro el demonio diciéndome, mándala a la casa de la verga esa vieja puta. Pero tengo el defecto de que mis oídos permanecen sordos ante la voz de la razón.
Tengo una idea fija para defenderme de todo ataque, piche vieja coatlicue, no vas a hundir mi coche. Lo que más me duele de hacer las prácticas será el retrazo en lo que estoy escribiendo y el alejamiento del blogo. Viéndolo desde el lado bueno. El distanciamiento es lo mejor, mis secretos personales dejaran de ser de dominio público, almenos por treinta días.
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