Capítulo decimoctavo: no se lo digas a nadieUna tarde, después de fumar marihuana, Joaquín y Alexandra se echaron en la alfombra del departamento, se besaron, se quitaron la ropa y él le pidió que se la chupase.
- No sé, mejor no –dijo ella-. Sólo lo he hecho una vez con Ricardo, y creo que no me gustó.
- Si me la chupas a lo mejor se me para me curas de mi trauma- dijo él y se sintió un manipulador.
Ella dejó de lado todo su pudor y empezó a chupársela.
- Se te ha parado, se te ha parado -dijo con entusiasmo, al ver que el sexo de Joaquín se había puesto duro.
- Ven, hay que aprovechar, siéntate encima mío -dijo él.
- Joaquín, hay algo que quiero decirte.
- Dime, pero apúrate antes de que se ponga blanda de nuevo.
- Soy virgen.
- No te preocupes, yo también.
- Pero yo no sé si quiero hacerlo. Después me voy a arrepentir, voy a sentir que he perdido una parte muy íntima de mi ser.
- Sólo la puntita, Alexandra. Te prometo que sólo la puntita.
- Por fa, sólo la puntita, ¿ya?
- Te lo prometo.
Ella se quitó el calzón y se sentó encima de Joaquín. Él trató de metérsela.
- Ay, despacito, no seas bruto –se quejó ella.
- Perdón, es la arrechura –dijo él.
Luego se la fue metiendo con dificultad. Sudaba. Estaba tenso.
- Joaquín, me dijiste que sólo la puntita –protestó ella.
- Perdón, se me resbaló –dijo él-. Muévete nomás, no te preocupes.
- Pero no la vayas a dejar adentro, ¿ya?
- Te prometo que te la saco antes de darla.
Alexandra recién comenzaba a moverse cuando Joaquín ya terminó adentro suyo.
- Estúpido, te pedí que no la des adentro –gritó ella y se separó bruscamente de él.
- Lo siento, no pude evitarlo –dijo él.
Ella se sentó en la cama.
- Mierda, la cagada. De repente me has dejado embarazada –dijo ella.
- Luego se paró de un salto y corrió al baño. Joaquín se subió los pantalones. Poco después ella salió del baño, estaba llorando.
- Te apuesto que estoy embarazada –gritó- ya nos jodimos, Joaquín ¿ahora qué vamos hacer?
- No estas embarazada Alexandra –dijo él-. No digas cojudeces.
- Estos son justo mis días más peligrosos, Joaquín. Te apuesto lo que quieras que estoy embarazada.
Joaquín pensó que debía hacer algo para tranquilizarla.
- No te preocupes –dijo-. Tengo un tío que es ginecólogo. Lo llamo ahorita y él nos arregla el problema.
Alexandra se sentó en la cama con las piernas cruzadas.
- Aunque no me creas, sentí cómo corrían tus bichitos en busca del óvulo –dijo-. Fue como si me hubieran metido una alkasetlzer por la chucha.
Joaquín buscó el número de teléfono de su tío, el doctor lucho Tudela. No bien lo encontró, llamó a su consultorio.
- No le vayas a decir mi nombre, no quiero que todo Lima se entere que he perdido mi virginidad –dijo ella.
- No te preocupes, nadie se va a enterar. Mi tío lucho es buenísimamente –dijo Joaquín.
El teléfono timbró varias veces. Por fin Joaquín escuchó la voz de su tío.
- Tío, hola, soy yo, Joaquín Camino, tu sobrino –le dijo-. Te llamo porque he sufrido un percance.
- Cuéntame, sobrino, en qué puedo ayudarte –dijo el doctor Tudela con una voz muy cordial.
- Acabo de acostarme con mi enamorada y ella esta segura que la he dejado embarazada, y no sabemos qué hacer, porque como tú comprenderás no podemos tener un hijo, tío.
- Caramba, Joaquincito, veo que usted no pierde el tiempo, ah –dijo el doctor-. Pero qué gusto me da oir eso, porque por ahí decían que usted es del otro equipo, mi querido sobrino.
- No tío, cómo se te ocurre, eso jamás.
- Mira Joaquincito, vente ahora mismo con tu chica que les voy a dar una pastilla que nunca falla. Se llama píldora del día siguiente. Ella se la toma ahorita y tiene una bajadita del motor. Con eso, problema arreglado.
- No sabes cuánto te lo agradezco, tío. Voy para allá inmediatamente.
- Aquí te espero, sobrino.
Joaquín colgó el teléfono. Alexandra seguía llorando.
- Mira lo que me has hecho –dijo-. Yo estaba tratando de ayudarte con tu trauma y tú me dejas embarazada.
- Bueno, ya, pero no hay problema porque mi tío lucho te va a dar una píldora del día siguiente –dijo él-.
- ¿y qué cochinada es esa? –preguntó ella haciendo una mueca de asco.
- Alexandra, no hables así. Mi tío lucho es el mejor ginecólogo de Lima. El me ha dicho que te tomas la pastilla y tienes una bajadita de motor, o sea, te viene la regla y ya no estas embarazada.
- No puede ser. Debe ser un invento del mañoso de tu tío.
- Vamos, apúrate, que mi tío nos esta esperando.
Salieron del apartamento y trataron de bajar por el ascensor, pero les fue imposible, pues acababa de producirse un apagón. Bajaron por las escaleras y se subieron al carro de Alexandra. Él arrancó a toda prisa mientras ella se agarraba la barriga.
- Si es hombre, ¿qué nombre le ponemos? –preguntó ella camino al consultorio-.
- No tengo idea –dijo él-. Nunca he pensado en eso.
- Felipe me encanta, Diego no esta mal. Paúl es mi preferido.
- Sí, Paúl es bonito.
- ¿Y si es mujer?
- Ni idea. Tú dirás.
- Si es mujer tendría que llamarse Paola o Verónica. Esos son mis nombres preferidos.
Poco después llegaron a un edificio alado de la clínica Americana. Joaquín cuadró el auto y apagó el motor.
- Yo me quedo –dijo ella y prendió la radio.
- Baja, no seas tonta –dijo él.
- No, me muero de la vergüenza. Tu tío va a pensar que soy una puta.
- Bueno, como quieras.
Joaquín bajó del carro, se metió a la clínica, subió doce pisos y llegó al consultorio de su tío. Jadeando, le dijo su nombre a la secretaria. Ella lo hizo pasar en seguida.
- Hola Joaquincito, qué a sido de tu vida, sobrino –dijo el doctor Tudela levantándose de su escritorio.
- Aquí pues tío, no tan bien como tú –dijo Joaquín y abrazó a su tío.
- ¿Y tu enamorada, sobrino? –dijo Tudela.
- Se quedó en el carro, no quiso bajar.
- Cuéntame, pues, de ella. ¿Qué edad tiene la chica?
- Dos años menos que yo, o sea, diecinueve.
- Qué rico, está en la flor de la juventud la chiquilla. Qué tal Joaquincito, caray, o sea que te la has llenado a tu hembrita, ah. Y yo que pensaba que usted tenia la huacha medio floja, sobrino.
- No tío, qué ocurrencia, cómo va a ser eso.
- Cuéntame sobrino, ¿Cuánto tiempo aguantaste allí dentro de su chuchita? Porque tú debes ser un gallito de pelea, la metes y allí nomás entierras el pico, ¿no?
- Sí, pues. Al toque nomás la doy, no aguanto nada.
El doctor Tudela soltó una carcajada.
- A tu edad todos somos así, sobrinos, no aguantan nada, se rinden al toque –dijo-. Yo en cambio, así viejo como me ves, ¿sabes cuánto aguanto? Media hora como si nada. Media hora de polvo.
- Carajo, qué envidia, tío.
- Tiempo al tiempo sobrino, tiempo al tiempo. Con el tiempo vas aprendiendo a tirar cache. Yo ya tengo muchos kilómetros recorridos.
- Me imagino, tío, me imagino.
- Pero tú tienes que cuidarte, pues. Ponte un jebe, ¿ya?
- No te preocupes, tío, esto no vuelve a ocurrir.
- Mira, sobrino. Aquí tines la pastilla que te prometí, dile a tu novia que se la tome ahora mismo.
El doctor Tudela le dio una pastilla envuelta en un plástico transparente.
- Caramba, tío, no sabes cuanto te agradezco, me has sacado de un apuro –dijo Joaquín- ¿Cuánto te debo, por favor?
- No pues, Joaquincito, qué ocurrencia, todo queda en familia.
Se rieron, Joaquín se guardó la pastilla y se despidió de su tío.
- Qué tal pinga loca ha resultado el Joaquincito, carajo –dijo el doctor Tudela, sonriendo, haciéndole adiós a su sobrino.
Joaquín bajó corriendo las escaleras del edificio. No bien entró al carro, le enseñó la pastilla a Alexandra.
- He cambiado de opinión –dijo ella.
Joaquín la miró sorprendido.
- Si es mujer se llamará Alexandra como yo, pero le pondría Alessandra, con doble ese, porque me parece que eso le da cierto caché, ¿no te parece? –dijo ella.
Él la cogió de la mano.
- Acompáñame a la sanguchería de enfrente –dijo- . Tienes que tomarte esta pastilla ahorita mismo.
Ella bajó del carro, caminaron a la sanguchería frente de la clínica Americana. Joaquín pidió dos jugos de fresa.
- ¿Solos o con leche? –preguntó la mujer que atendía.
- Aj, leche ni hablar, que ahorita me comienzan a crecer las tetas –dijo Alexandra.
Poco después, la mujer le dio los jugos a Joaquín. Él sacó la pastilla y se la dio a Alexandra.
- Tómatela –le dijo.
Ella se persignó y cerró los ojos.
- Perdóname, Diosito, pero nisiquiera he terminado la universidad –dijo.
Luego se llevó la pastilla a la boca y se la tomó con un poco de jugo.
- Chau Paúl, chau Alessandrita –dijo, y rompió a llorar.
JAIME BAYLY, no se lo digas a nadie.