
Hoy vi a Gabriela, una chica que me gustaba hace unos, no sé, cuatro años. La vi igual pero distinta, no parecía ella, pero era ella misma, estaba un poco gordita, alegre, bien contenta, podría jurar que le dió gusto verme. Pero en eso yo soy bien bruto y no sé identificar las emociones de las mujeres, ni comprendo eso de que si dicen que no es en realidad que sí, y que cuando dicen que si es porque significa que ya.
Me estoy haciendo la idea de quedarme solo, más solo que un espejo, más solo que un trompo, más solo que una piedra en el fondo del mar. Y lo peor de todo es que no me duele.
La otra vez se me acercó una chica bien linda, era mi vecinita y cuyo nombre no recuerdo, pero parece llamarse Mariana o Martina. Vive junto a mi casa y cuando me desvelo o cuando me quedo completamente solo flotando en la nada a la una de la madrugada puedo escuchar sus pasos que irrumpen en la noche espantando a los gatos. Siento el reguero dulce y añejo de su perfume que se filtra por la ventana de mi cuarto y la escucho pararse frente a la puerta de su casa, apenas a dos metros de distancia de mi cama, tantear en la oscuridad la llave que le permitirá entrar y escucho el balazo seco y certero de la puerta que cierra tras de si dejando al mundo sin su presencia. Todas las noches llega a esa hora, dejando a su paso el estruendo estéril de su perfume en el aire vacío de la una y quince de la madrugada que perdura hasta cuando llega el día y es espantado por los ladridos de los perros callejeros.