
El viernes hablé con Carol, es la primera vez que marco su número, en realidad había pensado hacerlo, siempre me ocurría que no tenía saldo para hablar en mi fono, pero fue la mañana de ese día en que se presentó la oportunidad y dije, ahora sí ya se jodió, la voy a llamar.
Carol es de Quito y yo de Guayaquil, ambas ciudades son como dos países distintos a dos niveles diferentes del mar y a temperaturas extremas opuestas, de tal manera que en ocho horas de viaje en bus es posible pasar del tórrido calor del trópico al frío ártico del altiplano, tenemos distinta manera de hablar, es así que en la sierra cecean a murmullos y en la costa hablamos a gritos y con mayor vehemencia, creo que esta historia se repite en todos los países latinoamericanos.
Nunca la he visto, salvo por las fotos que me ha enviado al correo, es muy bonita y alegre, lo malo es que tiene un gran defecto, no tiene blog. Empezamos a escribirnos desde hace unos seis meses, casi todos los días, a partir de un comentario en el cual me decía que se había leído todo mi blog, y yo pensé, Dios mío, qué vergüenza, pero está bien. Desde entonces hemos mantenido una correspondencia bastante frecuente de manera que estoy informado de su vida y ella de la mía como si hubiésemos pasado horas al teléfono.
Su voz es un poco grave, reposada y serena, tan familiar al escucharla que me dije, es idéntica a la de Rosa, mi hermana. Mi voz no es de lujo, tiene bastante de cotorra y eso lo pueden confirmar quienes me conocen, pero es la mía y es la que me sirve para comunicarme o incomunicarme.
Quería hacer publico que me agrada mucho encontrar cada día una carta tuya y te agradezco que tengas tanto aguante y tanta paciencia para soportar todas mis quejumbres. Qué bueno es saber que aunque no te vea estas allí, respondiendo a cada una de mis cartas y levantándome el ánimo a distancia, y viceversa.