
Allí seguían las lámparas de plata de Transilvania en el techo clavadas con la seguridad de que nunca se desprenderían por la mano solícita de otro que se ofreció puerilmente cuando ella en la puerta del apartamento se quejaba de que pobre de mí que no tengo quien vele por mi seguridad y necesidades que son pocas, qué haré entre estas cosas de hombres con mis frágiles de manos de mujer y él dejó de hacer lo que estaba haciendo, el automóvil parado sobre sus cuatro gatas hidráulicas tuvo que esperar mucho tiempo hasta que se desocupara el hombre que corrió en su auxilio para poner las cosas en su cuarto de acuerdo con el criterio de ubicación que ella aprendió de las revistas de moda que leyó en las tardes de más sol para no pensar que estaba en la ciudad del humo y polvo sino en una playa exótica donde se aparecía ese descamisado para mover de un sitio a otro la lavadora como si fuera de juguete, cambiar por duraznos el color de fresa de las paredes con tanta eficacia como si cerrara una puerta, arrancar el suelo de concreto como si se tratara de hojas de papel y reemplazarla por la mullida alfombra que ahora imitaba el sueño de los grandes mamíferos en la atmósfera de hielo seco de la habitación en la mañana de nieve. Se acordaba de los bombillos inalcanzables que él alcanzó de un salto elástico mientras ella, con un vaso de ensalada de frutas enlatadas, le iba señalando con el dedo el lugar de los objetos en el techo. El obedecía con tanta humildad que parecía un esclavo y fue así como obtuvo la confianza suficiente para decirle que no seas bruto, hombre, más cuidado con esos cristales de China que fueron confeccionados a mano en mas tiempo del que le tomó a Dios la creación del mundo, le dijo que fíjate bien donde pones las patas, pendejo, no vayas a dañar los tejidos de puntos ciegos de musulmanes cristianizados en la India que hilaron esta alfombra con más cuidado y más precisión que el engranaje secreto del universo, le gritó desesperada que casi me destrozas la vajilla de barro cocido a fuego lento por el rescoldo de la sabiduría vaporosa de los incas que aprendieron sus buenas artes de Atahualpa, carajo. Así que el hombre estuvo aprisionado a sus órdenes por mucho más tiempo del que le hizo falta, aprovechándose de su buen corazón hasta que ella misma se convenció que no lo resistiría otro día más sin enamorarse de él. Lo agarró de la camisa y lo bajó de la escalera en la que se había trepado para arreglar unas fisuras del techo, lo sacó por la puerta a empujones, sin agradecerle, con la única dicha de saber que te llamo cuando vuelva a necesitarte, quédate afuera si quieres. El se quedó afuera atosigándola con flores y cartas deslizadas en silencio por debajo de la puerta. La persiguió con recados indeseados hasta que después de tanto desengaño en el supermercado, tanta frustración a la salida de la universidad, tanto despecho por las mañanas, tanta amargura en sus tardes, tanto amor en los sueños y tanto coraje en las pesadillas llegó el día fulminante en que ella le dijo en su cara que ya no, hasta aquí cholito, ya me fastidiaste bastante, pégate un tiro si tanto te quieres morir por mí al que finalmente él accedió en la penumbra lúgubre del llanto sin consuelo en el cuarto de tinieblas mientras escuchaba el último pensamiento de la última frase desgastada en el carrete de la memoria que ella le cantó con su extraña voz de muchacho adolescente, ya no te quiero. Ella nunca pudo escuchar el disparo distante que asustó a los vecinos, los gritos de pánico que alertaron a la policía, no se enteró del cuerpo que fue sacado entre cuatro en la hamaca improvisada por unas sábanas blancas ensopadas de sangre, nunca supo del funeral del infortunado, nunca vio las flores de tristeza, los adioses de dolor de quienes lamentaron su temprana partida porque era un buen hombre, porque era sano y su corazón limpio porque yo lo conocí de toda la vida señorita periodista, porque ella se olvidó de él hasta aquella tarde de congelación en que su recuerdo la persiguió y ella se lamentaba metida entre los colores sofocantes de sus edredones si por lo menos estuviera ese tipo tan complaciente que se desvivió por tantos meses para servirla y que ella ni siquiera tuvo la delicadeza de preguntarle el nombre, dónde se habrá metido ese pendejo, si por lo menos le hubiera pedido el número, qué tontera.