
La noche de ayer hubo una mesa redonda en el auditorio de la Laica. En esas situaciones Cinthya es la brigadier de nuestro curso y cada cosa que queramos hacer u omitir hay que comunicárselo con anticipación a ella para que se lo informe a su superior para que así nos hagamos la idea de que la autorización viene desde las más altas esferas. El tema se trataba de bla bla bla. Marchó de forma normal hasta el momento de las preguntas dirigidas por el público. Fue entonces cuando Tamara, que estaba junto a mí, me pidió que llámala a Cinthya. Le dije que eso no podía ser. Acaso ya no eres su amigo. No es eso, lo que pasa es que la reconciliación no duró ni una semana.
No le quise contar que el miércoles de la semana pasada, cuando le lanzaba bolas de papel a Anita porque estaba pasándose de perruña con una tarea en clases, sentí una mano extraña que me picaba el hombro y que resultó ser la de Cinthya que quería decirme si quieres ir a una fiesta. Y yo le pregunté dónde. En la casa de Stefany. Cuándo. El sábado. A qué hora. A las diez, espérame en la gasolinera de la floresta. Está bien, allí estaré y allí estuve aguantando el frío por más de una hora, esquivando las esquirlas de las botellas de una pelea de borrachos que no me arriesgue a ver cómo terminó, con un regalo de cumpleaños en una mano y en la otra un teléfono escribiéndole a Princesa de las Tinieblas para hacer más soportable la espera de los primeros minutos. Luego, la penumbra, se pobló por un silencio inmóvil que fue interrumpido por los saltos de pulga de los estambres de espinas arrastrados por el viento helado que irrumpieron sin sorpresa y en silencio por un ventanal roto y finalmente salieron por una vetusta puerta abierta. En aquel instante recibí un mensaje de Anita en el que me preguntaba qué tal te va con tu cita.
Nunca llegó, y nunca antes me había sentido tan enojado como esa noche. Qué ganas de putearla, se los juro. Pero ella tenía el teléfono apagado, como que se las olía, y mientras más llamaba y contestaba la grabadora, más rabia me daba. Por menos de la mitad de eso he dejado de hablarle a una persona que he querido muchísimo. Pero se me pasó el disgusto cuando encendí en mi casa la televisión con el tiempo justo para ver cómo lo sacaron del Gran Hermano a Jarén, por aguado. Eso por lo menos me devolvió la seguridad en la justicia divina. Y ahora que lo recuerdo no le guardo ningún rencor a Cinthya, más bien me causa gracia, por no decir risa. Creo que soy mal llevado.
Desde mi última decepción, que no se las he contado con quién porque respeto muchísimo a esa persona, se me han quitado las ganas de buscar. Mejor dejo que me encuentren, porque si anduviera buscando a alguien, esa sería Tamara que es bastante simpática, graciosita y un poco cruel, pero en el fondo muy noble y de buenos sentimientos, aunque no tan tetoncita como yo quisiera. Algo malo debía de tener, no?